Fuera de Registro

Obsceno

A mí, acaso por mi talante teatral, me gusta pensar que obsceno es lo que se alza “contra la escena”, lo que no pertenece a ella, lo que la traiciona, lo que desafía la representación dada su inadecuación intrínseca para ser representado.

La etimología de la palabra obsceno, dice el Corominas —que siempre dice bien—, es incierta. El prefijo ob-, asaz trapacero, puede significar “hacia”, como en “obedecer” —obedece quien se dirige hacia el acto de oediere, es decir de oír—, pero también “ante” o “contra” —como en esa “objeción” que es lo que se echa (jacere) contra algo—; en cuanto al resto de la palabra (el “sceno” malo, diré, permitiéndome un chistortete kleiniano), bien puede derivar de caenum, suciedad, pero también de scenus, escena: juegue el lector con todas las combinatorias posibles para llegar al origen —y al significado profundo— que más le guste o le acomode. A mí, acaso por mi talante teatral, me gusta pensar que obsceno es lo que se alza “contra la escena”, lo que no pertenece a ella, lo que la traiciona, lo que desafía la representación dada su inadecuación intrínseca para ser representado. (Diré, además, que el hallazgo no es —¡ay!— mío, sino de los españoles Andrés Barba y Javier Montes, quienes en su brillante ensayo La ceremonia del porno postulan justo esa etimología y se sirven de ella como punto de partida para pensar su materia).

Si me habitan estas reflexiones lingüísticas es porque el sábado asistí a un espectáculo. Y no uno de sexo en vivo y ni siquiera de cómicos de carpa, sino el primer concierto de dos que diera en México —y en el Palacio de Bellas Artes, para más augustas señas— la Filarmónica de San Petersburgo, ésa que quienes tenemos ya cierta edad conociéramos originalmente como Filarmónica de Leningrado —autres temps, autres moeurs, autres noms— y que se revelara entonces una de las mejores sinfónicas del mundo con sus grabaciones originales, dirigidas por el legendario Yevgeni Mravinsky, de siete de las sinfonías de Shostakovich.

A punto estuve de no asistir a esa función, sino a la del domingo, por causa de un compromiso profesional impostergable que a última hora terminó por postergarse. Y bien habría estado así, pues me habría tocado en suerte un programa integrado por la Obertura de El barbero de Sevilla de Rossini (que siempre es divertida), el Concierto paraviolín no. 2 de Prokofiev (que es más bien elegante) y la Segunda sinfonía de Rajmaninov (que es rara, proclive a la volubilidad emocional y a menudo arrebatada —a fin de cuentas Rajmaninov— pero que siempre intriga). En cambio, hubo de ser mi triste destino dedicar buena parte de la noche de sábado a lidiar con mi bestia negra musical: Chaikovski.

Diré que la noche empezó con un mal augurio —polémico por declaraciones más bien torpes en las que afirmara que las mujeres no pueden ni deben dirigir orquestas, y cuestionado respecto a ellas por la prensa mexicana, el director Yuri Temirkanov hubo de comenzar el concierto con una dedicatoria “a todas las mujeres de México, en su día”, proferida por el locutor a través del sistema de audio de la sala—, pero con un extraordinario momento musical: una sucesión de brillantes cuadros de la ópera La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh y la doncella Fevronia de Rimsky-Korsakov (que en mi ignorancia supina no conocía y que ahora quiero conocer), atacados con precisión pasmosa y entusiasmo encomiable por la orquesta y dirigidos con contenida elegancia por Temirkanov. Así hubiera sido todo.

Pero no. Porque usted lo pidió —acaso sea éste el único compositor cuyo nombre debería venir siempre precedido por esa expresión, tan complaciente, tan populista—, el resto de la noche habría de estar consagrado a Chaikovski, comenzando la ofensiva –en todos los sentidos, a todos los sentidos– con el Concierto para piano no. 1, ese deliquio de todo clasemediero que se autopropone apasionado, con la participación solista de un tal Denis Kozhukhin, cuya actitud hiciera honor a su currículum de niño prodigio.

Kozhukhin, de faz angelical y larga cabellera rubia recogida en cola de caballo, resultó, en efecto, un prodigio o, peor, un virtuoso: uno de esos intérpretes cuya increíble destreza técnica sólo resulta superada por el feliz azoro que ésta les produce, en detrimento de cualquier intento de intercambio con el director o con la orquesta, ya no se diga con los escuchas. Sonriente y con la mirada perdida, el pianista iba a deslumbrar (¿a relumbrar?) y lo logró —la ovación fue atronadora—, lo que acaso resulte de lo más pertinente para una obra con idéntico propósito.

El efecto para mí hubo de ser obsceno, y es que el cultivo de los placeres de Onán es cosa que no debería producirse ante otros, me parece. Pero bien dicen que el porno es una ceremonia, y una que cada vez se oficia en más ámbitos de la cultura. Pierde el cuerpo su identidad, pierde el espectador la suya, se funde en aplausos.