Fuera de Registro

Museos de nada

Lo grave es que, con su Bíomuseo, Panamá demuestra la eficacia del efecto Gehry, de la arquitectura concebida como franquicia comercial, patente de corso para despelucar turistas incautos que pagan 18 dólares por cabeza para entrar al Museo de la Nada.

Difícil olvidar la impresión que me causara, más de una década ha, el Tamux, nombre más o menos inexplicable que recibe el Museo de Historia Natural de Tamaulipas, enclavado en Ciudad Victoria. Ignoro cuál sea su estado presente y dudo averiguarlo pronto —habrá que decir que, si siempre se ha antojado difícil imaginar que alguien quisiera pasar unas vacaciones allá, la violencia ha hecho virar tal empresa en cosa de plano inconcebible ahora— pero entonces se antojaba emblema de una práctica gubernamental harto socorrida en nuestro país: ordenar la construcción —a punto estuve de escribir, no sin deuda a Freud, la erección— de un edificio emblemático sólo para, entre las prisas y la falta de recursos (financieros y de los otros), dejarlo ahí sin oficio ni beneficio, proverbial elefante blanco en la habitación. Proyectado por los arquitectos Francisco y Rodrigo Marván con más de un guiño al monumentalismo futurista de William Cameron Menzies —en su vestíbulo no es difícil soñarse extra en una de las secuencias de masas de Things to Come, y lo digo con la mayor de las admiraciones—, el museo, sin embargo, no atinaba a tener función real: uno erraba por las salas como alma en pena, sin otro propósito que contemplar unas monografías de factura escolar (en su simpleza como en lo ostensiblemente bajo de su presupuesto) que acumulaban polvo sin otro propósito que mal justificar que la construcción que las albergaba recibiera el nombre de museo. Siquiera entonces el edificio solía también ser sede de un restaurante soberbio, el mejor de la ciudad por mucho, llamado Ámbar, que ofrecía un pretexto para visitarlo allende la mera curiosidad arquitectónica; súmese hoy su nombre —¡ay!— a la lista de caídos a manos del narco.

Visité el Tamux hace demasiados años para tenerlo presente. Su recuerdo, sin embargo, se me impuso no bien puse el pie en el más conocido de los espacios expositivos de la capital panameña: el Bíomuseo. Proyectado en 1999 —aunque no inaugurado hasta 2014—, pretendería replicar en Panamá el bien conocido Efecto Guggenheim bilbaíno, echando mano incluso del mismo arquitecto, no en balde casado con panameña. La rentabilidad mediática de la inversión se haría sentir desde el primer momento, con el anuncio de la donación del proyecto por parte de Frank Gehry al pueblo de Panamá (debe haber aprendido la lección de ese escultor mexicano que a fuerza de ir por el país regalando obra pública se ha hecho millonario) y con la firma de un convenio con el Smithsonian Institute de Washington para desarrollar sus contenidos museográficos.

En mi visita, me topé exactamente con lo que preveía: un Gehry es un Gehry es un Gehry —una mole caprichosa y conspicua, con orlas y onduras que no tienen más razón de ser que hacerse ver a la mayor distancia posible— sólo que, en tierra de calor, un Gehry es además colorido. No que las innecesarias techumbres, innecesariamente corrugadas y dispuestas sin aparente ton ni ostensible son un poco por toda la construcción, acusen una lógica en su uso del azul cobalto, del amarillo canario, del rojo carmesí o del verde esmeralda: no hay clave museológica que entender aquí, ni recurso alegórico a no ser un tropicalismo cuyo referente más profundo deben ser los tocados de esa Carmen Miranda portuguesa de nacimiento y brasileña de espíritu pero tan genérica y frívolamente latinoamericana como el espíritu de esta construcción. Adentro, otra vez las marcas de fábrica de Gehry: grandes espacios abiertos que conducen a pasillos torturadísimos sin justificación real para ello, ascensos y descensos inesperados e injustificados por rampas insólitas, una arquitectura que obliga a aquello a lo que debería servir a plegarse a ella, que lo reduce a mero pretexto para su despliegue orondo e impúdico, fascista acaso.

No —y aquí viene la triste sorpresa— que haya gran pérdida. Porque donde dicen que el Guggenheim bilbaíno se esfuerza por ser uno de los grandes museos de arte del mundo —aun si fracasa—, el Bíomuseo se conforma con erigirse en una suerte de Tamux del trópico, sólo que con presupuesto. Una proyección multipantalla —toda frívolas imágenes de animalitos coloridos— y un diorama más bien old school con sus modelos a escala en resina blanca son los dos grandes despliegues museográficos de un recinto que no parece poder ofrecer mucho más que cualquier museo de historia natural de una ciudad de provincias, y eso de hace unos 30 años. Lo grave es que no importa. Lo grave es que, con su Bíomuseo, Panamá demuestra la eficacia del efecto Gehry, de la arquitectura concebida como franquicia comercial, patente de corso para despelucar turistas incautos que pagan 18 dólares por cabeza para entrar al Museo de la Nada.

Siquiera el parque circundante es bonito.