Fuera de Registro

Merecida muerte

Robin Hood Gardens no logró cumplir su función (cuando en arquitectura la función lo es todo): no logró proteger, no logró guarecer ni integrar; no fue techo para ciudadanos sino monumento para turistas.

Era 2012. Había yo pasado el día en las afueras de Londres, entregado a la grabación de una pieza televisiva que me había permitido cumplir uno de mis más caros anhelos: conocer de primera mano Myron Park, aquel jardín fascinante y ominoso que Michelangelo Antonioni hiciera sede del más imperfecto de los crímenes perfectos —el asesinato de la realidad, acaso— en su Blow-Up.

Mis compañeros y yo veníamos contentos pero también cansados. Confesaré que los tres dedicamos a dormitar buena parte del viaje de una hora desde Charlton, el suburbio allende Greenwich —aquella del meridiano epónimo— donde se alza el parque. Como suele suceder en esas siestas en movimiento, sin embargo, el bamboleo automotor y cierta obligación de mantenerse alerta nos hacían abrir los ojos unos segundos por turnos. Cuando llegó el mío, mi mirada recibió un regalo inesperado, una feliz sorpresa: un embotellamiento a la entrada de la ciudad me deparaba varios minutos para ver por la ventanilla del taxi un edificio cuyas fotografías capturaban mi imaginación hace años. Las dos estructuras curvas de concreto, atravesadas por largos pasillos despejados y surcadas por ventanales cuadrados, separadas por un amplio jardín con un montículo al centro, eran inconfundibles: lo que se alzaba a menos de un kilómetro de mí era Robin Hood Gardens, uno de los proyectos más conocidos (y acaso el más controversial) de los arquitectos británicos Alison y Peter Smithson, uno de los hitos de la historia de ese estilo arquitectónico que, pese a lo que sostengan sus detractores, no debe su nombre de brutalismo a la rotunda brutalidad de su estética sino a su uso expuesto del concreto bruto.

Como en tantas fotografías recientes, el enorme complejo habitacional tenía una apariencia casi posnuclear, y así me gustaba. Concebido por unos Smithson orondamente socialistas —aun si habrían de construir también el edificio de la revista The Economist, bastión del liberalismo político y económico, construcción ante la cual (más signo de los tiempos que coincidencia del destino) se desarrolla la primera secuencia de Blow-Up—, proyectado en respuesta al primer multifamiliar y primer edificio brutalista, la marsellesa Ciudad Radiante de Le Corbusier, Robin Hood Gardens acusaba todavía lo utópico de su proyecto: elogio de la vida comunitaria y del espacio público, reproducción de la vida de barrio en un terreno hostil merced a condiciones dizque controladas, el edificio ofrecía todavía la vista de lo que los Smithson llamaran “calles en el cielo”, áreas comunes diseñadas para fomentar la alegre y cotidiana interacción vecinal. También era palpable el fracaso del proyecto: como tantos edificios de concreto bruto construidos en la lluviosa Inglaterra (y no en la soleada Marsella), Robin Hood Gardens exhibía en sus muros los estragos de la humedad y la erosión. E igualmente erosionado se antojaba el espíritu del lugar, lastrado por trazas de una ya innegable decadencia (sub)urbana: falta de mantenimiento, basura, grafiti.

A mis ojos de turista (y si recurro ahora a tan horrible sustantivo para definirme es ya solo porque me lo merezco), tan triste condición no hacía sino embellecer los edificios, dotarlos del aura romántica de las ilusiones perdidas. Es por ello que cuando, meses después, leí que Robin Hood Gardens habría de ser demolido, me sumé, aun si en silencio, a un coro encabezado por Richard Rogers y Zaha Hadid que se indignaba por la negativa de English Heritage, instancia responsable de la preservación arquitectónica en aquel país, a catalogarlo, y pugnaba por su rehabilitación.

Hoy que el edificio mítico vive ya su inexorable proceso de destrucción, leo un dato que me hace dudar de mí mismo —el 75 por ciento de los residentes del complejo estaba de acuerdo con su demolición— y una frase, pronunciada en 2009 por el entonces ministro de Cultura británico, Andrew Burnham, que me cala: “Robin Hood Gardens fracasa en tanto lugar para que habiten seres humanos”.

Si esta información me cimbra es porque me hace reconocer que, infatuado como estoy por la belleza fallida del proyecto, siempre he sabido que la arquitectura no es cosa que deba ser virtuosa en sí misma sino para alguien: su medida es la de lo humano. Y cierto es que, inadecuado a su entorno social, cultural e histórico, Robin Hood Gardens no logró cumplir su función (cuando en arquitectura la función lo es todo). No logró proteger. No logró guarecer. No logró integrar. No fue techo para ciudadanos sino monumento para turistas, como el que me he revelado.

Creo, entonces, que merecía morir. Creo también que merece el duelo de quienes un día lo amamos a prudente distancia.