Fuera de Registro

Kilroy va al museo

Me escandaliza ver cómo los espectadores de los conciertos populares optan de manera creciente no por contemplar a ojo desnudo el espectáculo que han pagado fortunas por ver en directo sino por disfrutarlo a través de la mediación de una pantalla.

"Domo arigato, Mister Roboto" canta la canción —programada hasta la saciedad en radiodifusoras de nostalgia preempaquetada para el adulto contemporáneo— y, en efecto, cabe el agradecimiento: de no ser por esa canción lanzada a la longevidad pop en 1982 por la banda de rock progresivo Styx, y por el álbum del que se desprende, Kilroy Was Here, ya nadie recordaría al personaje de marras... y vaya que lo que le obsesionaba era ser recordado.

"Kilroy Was Here" fue originalmente un graffito —tal, vale recordar, es el singular de graffiti, como panino es el singular de panini, mal le pese a Starbucks—, estampado de manera aleatoria y simultánea en diversos puntos de Europa en los que hubo presencia de soldados estadunidenses durante la Segunda Guerra Mundial. La identidad del Kilroy primigenio ha quedado perdida en la noche de los tiempos y, a decir verdad, poco importa. Pergeñada por miles de graffiteros anónimos, la frase carece de verdadero significado político o de cualquier otra índole, no constituye un comentario sobre el lugar visitado —sobre el que, en el contexto de una guerra cruenta y de instancias de ocupación militar, cabe pensar que habría mucho más que consignar que la mera presencia de un soldado ciudadano de un país libre— ni sobre la naturaleza de lo humano ahí. Lo único relevante de Kilroy sería haber estado ahí y lo único destacable de ese sitio la presencia de Kilroy. Trataríase, pues, de un mero acto de narcisismo solipsista, destinado a dotar una cierta presencia de una jerarquía superior (aunque huera) a la del lugar que ocupa, a elevar la importancia de la mirada al punto de negar por completo lo que mira, reducido a mero (e intercambiable) here.

El arma de destrucción masiva del significado político y cultural que blanden hoy los Kilroys del mundo es un teléfono celular y lo que dispara no es pintura en aerosol sino fotografías. Ocupado de nada a no ser de documentar su paso por el mundo, Kilroy dispara selfies por el planeta entero, reduce así los sitios relevantes a mero backdrop de su infinito narcisismo. Avances tecnológicos mediante, ha logrado finalmente estampar su firma en todas partes, hacerse omnipresente. Viaja por el barrio y por la ciudad, por el país y por el mundo no con el propósito de verlos y menos de aprehenderlos sino de documentar en ellos una presencia que consideraría lo único digno de relevancia. ¿Que nadie se enteraría de ello? Falso. Para eso existe ese Facebook cuya fachada pública lleva no en vano el nombre de muro, las más de las veces desfigurado por las tantas firmas del que sólo se ve a sí mismo.

Recordé a Kilroy y su megalomanía exhibicionista la semana pasada, al ser invitado a moderar una mesa en el Segundo Foro de Museos organizado por el MUSA tapatío. Ahí se habló de las estrategias de apropiación de las exhibiciones desarrolladas por los públicos en la era digital y la conversación recaló ineludiblemente en las selfies, acaso razón de ser de toda visita museística en los tiempos que corren. Viejito reaccionario que cada vez más devengo, diré que me escandaliza ver cómo los espectadores de los conciertos populares optan de manera creciente no por contemplar a ojo desnudo el espectáculo que han pagado fortunas por ver en directo sino por disfrutarlo a través de la mediación de una pantalla (la de su propio teléfono), prefiriendo así el registro —y aun un registro técnica y artísticamente mediocre— de un suceso artístico a su experimentación. En ese caso, cuando menos, la tecnología distancia pero no enajena: la mirada sigue puesta en lo Otro que se despliega en el escenario. En la selfie, sin embargo, el espectador no se mira sino a sí mismo: no es que quiera conservar para la posteridad una imagen visible de lo que ha ido a admirar —cosa que podría obtener no digamos comprando el catálogo de la exposición o bajando una fotografía del sitio web del museo sino incluso apuntando la cámara de su teléfono directamente al objeto— sino que pretende construir una imagen en la que él mismo es texto y lo exhibido apenas contexto, destinada las más de las veces a su publicación en redes sociales no con la intención de compartir lo visto sino de jactarse de haber estado en tal o cual lugar, preferentemente en uno —la exposición más a la moda— en el que todo mundo quiere estar.

La culpa —y la hay— no es de los museos ni de los artistas, tampoco del desarrollo tecnológico; los disidentes culturales tendremos que dirigir nuestros escasos reproches, entonces, al hiperindividualismo contemporáneo que es correlato maligno de la benéfica emancipación cultural de las utopías sociales o, si se quiere, a la naturaleza humana misma, tan vulnerable al ejercicio acomodaticio de la contemplación umbilical.