Fuera de Registro

Marlis Petersen o El espíritu de la tierra

las críticas no mienten: artista de la escena que no abjura de la plástica, Kentridge juega con la pintura y la proyección de acetatos y el "mapping" y el video y el "stop motion" y la animación tradicional para ofrecer una visión de la ópera de Berg...

Entre los cinéfilos, Marlene Dietrich es casi tan famosa por el rol que la lanzara a la fama —la Lola-Lola de El ángel azul de Sternberg en 1930— como por aquel que truncara sus aspiraciones estelares tan sólo un año antes: la no menos mítica Lulú, concebida por Frank Wedekind en sus obras teatrales El espíritu de la tierra y La caja de Pandora, y llevada a la pantalla por Georg Wilhelm Pabst bajo el segundo título. Escribiría años después otra actriz, la que terminaría por hacerse con el personaje:

Pabst diría más tarde "Dietrich era demasiado mayor y resultaba demasiado evidente: una sola de sus miradas lascivas y la película habría terminado en burlesque. Pero le prometí una fecha límite, y estábamos por firmar el contrato, cuando Paramount me telegrafió avisándome que podía usar a Louise Brooks".

Durante años, y dada la división de mis lealtades entre Brooks y Dietrich —una morena y una rubia, un espíritu libre y una máquina de trabajo, una encarnación del ello y un avatar del superyó—, la cita no hizo sino confundirme —me gustaba imaginar que Marlene habría resultado tan perfecta en el papel como Louise— y terminé por achacarla a mera mezquindad entre divas. Cumple ya 25 años mi interés en el mito de Lulú, y he de confesar que, si he terminado por comprender cuánta sabiduría hay en la presunta aseveración de Pabst —y cuánta razón tiene Brooks en citarla (o inventarla)—, es gracias a un concurso de circunstancias que hubo de tener lugar apenas el fin de semana pasado, en Nueva York.

Estuve en esa ciudad desde el miércoles por trabajo. En el momento mismo en que supe que mi agenda me conduciría ahí en esas fechas, prolongué mi viaje un día, después de asegurarme un boleto para la representación de Lulu —la ópera del compositor austriaco Alban Berg basada en los mismos textos que la película de Pabst— del sábado 21 en la Metropolitan Opera. Quería, desde luego, ver la puesta en escena de William Kentridge, artista visual y escénico sudafricano cuya retrospectiva en el MUAC chilango disfruté en grande hace unos meses y cuyo reciente montaje de La nariz de Shostakovich, también para el Met, me había sido referido como un hito en la historia operística. Quería, por supuesto, escuchar en vivo la cerebral composición de Berg, cuya Lulu me acompaña cotidianamente desde hace un cuarto de siglo, en la grabación de Pierre Boulez de 1979, con Teresa Stratas. Pero confesaré, sobre todo, que quería ver una Lulu en vivo, que buscaba dar corporeidad —carnalidad, diré— a ese ser que me había seducido desde la prosa histérica de Wedekind, en las imágenes ambiguas de Pabst, con el rostro luminoso de Brooks, en la voz diáfana de Stratas, avatares todos excepcionales, sí, pero teñidos por el efecto distanciador de la segunda mano.

Las críticas no mienten: artista de la escena que no abjura de la plástica, Kentridge juega con la pintura y la proyección de acetatos y el mapping y el video y el stop motion y la animación tradicional para ofrecer una visión de la ópera de Berg que tiene mucho que agradecer a Pabst y a Grosz y a Dix y a Schiele pero tantísimo más a su propia imaginería, a un tiempo desolada y efervescente. La verdadera revelación, sin embargo, habría de ser la mujer —definirla como "la cantante" resultaría demasiado limitante, aun si como tal es notable— que da vida a su Lulú. Si a sus 28 años Dietrich resultaba demasiado vieja a los ojos de Pabst —contra los 23 de Brooks—, Petersen, a sus 47, debería parecernos anciana. Sin embargo, con su figura a un tiempo ligera y lúbrica —enfatizada por un vestuario que nos la ofrece casi todo el tiempo en shorts—, con sus movimientos de bailarina y su rostro de niña (polimorfa) perversa, luce tan joven y tan ingenua como Brooks, tan inconsciente de su maldad endémica como Wedekind y Pabst (y supongo que el propio Berg) la habrían querido.

Apenas la noche anterior había yo visto —otro regalo que me ofreciera este viaje— una proyección de la Gun Crazy de Joseph H. Lewis, donde Peggy Cummins encarna a una femme fatale asesina que bien habría podido representar Dietrich si el presupuesto lo hubiera permitido. Comparar ambas obras maestras, y a ambas mujeres, me hizo comprender a Lulú, y la absoluta pertinencia de Brooks en 1929 y de Petersen en 2015: donde otras vampiresas encarnan el poder devastador del objeto de deseo en tanto constructo consciente y manipulador, Lulú no es sino un lienzo en blanco, una pantalla donde es proyectado el deseo en su total futilidad. Así el del dramaturgo, así el del cineasta, así el del compositor, así el del artista. Así también el mío (y el tuyo, mon semblable, mon frère), pulsión de vida que conduce irremisiblemente al espíritu de la Tierra.