Fuera de Registro

Madre coraje

Sin Judith Malina y su Living Theatre no habría Peter Brook ni Robert LePage, no habría Samuel Beckett ni Harold Pinter, no habría teatro tal como lo concebimos hoy quienes lo hacemos y, sobre todo, quienes lo vemos y nos dejamos tocar por él.

Muerta Judith Malina, rebusco en internet en pos de imágenes en movimiento de los montajes teatrales que concibiera desde The Living Theatre, el grupo experimental que fundara a fines de los años 40 junto con su primer marido, el tránsfuga de las artes visuales —del expresionismo abstracto, para mayores señas— Julian Beck. Me topo con lo que anticipaba ya a partir de las fotografías fijas que conocía. Escenas que lindan con el aquelarre, cuerpos turgentes que se funden y confunden, que se apilan, que palpan y palpitan, que se desnudan y acaso desnudan el inconsciente merced al clamor de gritos que invocan el sexo, las drogas, la violencia, la guerra. O, en absoluto y deliberado contraste, una parodia socarrona de los ejercicios militares, los cuerpos erguidos y alineados con minucia, los uniformes prístinos, los movimientos precisos al punto de la caricatura, las consignas y las maniobras vacuas para mejor señalar el absurdo de la guerra.

A decir verdad, a estas alturas todo se antoja bastante ingenuo. Las obras tempranas —esa The Brig que es implícito alegato antibélico a partir del retrato de la vida castrense; esa The Connection que es exploración de la conexión (mejor, del conecte) entre el mundo del jazz y el submundo de la heroína— parecen reduccionistas y didácticas, afectadas en su realismo declamatorio, panfletarias en su claro estatuto de teatro comprometido, de agitpropaganda a la Brecht sin demasiado de la transgresión escénica de aquel Berliner Ensemble. (Y, en efecto, hay un origen común: formada en la New School for Social Research, ese templo del pensamiento progresista neoyorquino, y discípula de Erwin Piscator, a su vez discípulo de Brecht, Malina partiría de la noción brechtiana del “teatro épico” y buscaría hacerla coincidir con las agendas de la izquierda estadunidense y de la incipiente contracultura de la posguerra.) En cuanto a los montajes tardíos —Paradise Now, un Frankenstein, una Antígona—, con su énfasis excesivo en el cuerpo y el sexo desaforado, su rechazo a lo discursivo, su interpelación directa al público y su clara tendencia al happening —a pesar de la tanta acción y de los tantos gritos, nada parece pasar, pero esa nada que pasa pasa a lo largo de horas— hoy lucen como cápsulas de tiempo de un jipismo rampante, colección de momentos extraídos de un baúl que se pretendiera caja de Pandora pero que hoy más parece ropero de una abuelita ingenua y alocada.

Es en ese contexto que asombra menos el papel con el que Malina terminaría por ahogar su carrera actoral: justamente el de la Abuela en aquellas hiperpopulares películas hollywoodenses de Los Locos Addams, más alejadas de los empeños contraculturales de su teatro imposible. Pareciera, sin embargo, apropiado que la última imagen de ella que nos quedara fuera la de una viejita despeinada y acaso deschavetada, mórbida en su extravagancia pero a fin de cuentas absolutamente inofensiva, devorada su rebeldía por el establishment y regurgitada en tanto producto de consumo apenas vagamente perturbador. Y, sin embargo, no deja de ser ése un epitafio injusto. Porque si bien Judith Malina habría de dedicar los últimos años de su vida a vivir de sus glorias pasadas merced a remontajes de sus puestas en escena originarias —y particularmente de las de los años 40 y 50, las que han envejecido menos mal— y si bien hoy The Living Theatre, aun si todavía en activo, resulta una organización fundamentalmente marginal en el panorama del teatro contemporáneo, lo cierto es que éste sería absolutamente imposible sin su existencia. Porque fue ésta una de las primeras compañías teatrales —después del Group Theatre y al mismo tiempo que el Actors Studio— en pugnar por un teatro más realista y más confrontacional. Y porque fue la primera —cuando menos en América— en hacer dialogar el teatro con la danza contemporánea y con el performance, en liberarlo no sólo de las dictaduras del texto y del proscenio y de la cuarta pared sino de la condena al estatuto de entretenimiento, que puede y debe ser una de sus posibilidades pero no la única. Sin Judith Malina y su Living Theatre no habría Peter Brook ni Robert LePage, no habría Samuel Beckett ni Harold Pinter, no habría teatro tal como lo concebimos hoy quienes lo hacemos y, sobre todo, quienes lo vemos y nos dejamos tocar por él.

Brechtiana en sus orígenes, Judith Malina nunca hubo de encarnar a Madre Coraje. Una lástima, porque el papel le habría venido como anillo al dedo: en un entorno de devastación, supo avanzar a contracorriente, cargada de cacharros pesadísimos, conminada  por su tozudez a hacer cosas más bien feas pero convencida de la misión que todos compartimos en todo escenario: la de la supervivencia.