Fuera de Registro

Lee Miller, empaticalista

Actualmente el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México muestra la obra de Lee Miller: hija de fotógrafo, modelo de Vogue, amante y asistente de Man Ray, fotógrafa ella misma de la revista que la descubriera… su trabajo conmueve siempre.

Acaso sea la película Funny Face, dirigida por Stanley Donen en 1957, uno de los textos clave para entender su década. La cinta enfrenta dos universos aparentemente irreconciliables: el de la alta costura —con una Kay Thompson que encarna a una parodia amable aunque sagaz de Diana Vreeland, la legendaria editora de Harper's Bazaar y Vogue, cameos de modelos míticas de la época como Dovima y Suzy Parker, un diseño de vestuario icónico firmado por Hubert de Givenchy y la omnipresencia de Richard Avedon, no sólo en tanto consultor visual sino como inspiración directa del fotógrafo encarnado en ella por Fred Astaire— y el del mundo intelectual de la rive gauche parisina, destilado en las tertulias subterráneas y la vida de café de la que hace hábil mofa la película, en la pertinaz y pertinente caricatura de Jean-Paul Sartre que representa el profesor Flostre al que da vida Michel Auclair, y en el presunto sistema de pensamiento que éste dice haber desarrollado, parodia del existencialismo. Se llama empaticalismo y la Audrey Hepburn que constituye el personaje principal —una librera del Village neoyorquino que accede a dejar retratar su funny face y su silueta espigada vistiendo creaciones dernier cri a cambio del viaje a París que le permitirá conocer a su gurú intelectual— lo describe como una filosofía que parte de una proyección de la imaginación que permite sentir lo que el otro está sintiendo, ponerse en el lugar del otro.

Se trata, desde luego, de un chiste y no de una filosofía en toda forma, por lo que el parlamento ameritaría la risita que me arrancara la primera vez que vi la película... y muy poco más. Años ha, de hecho, que no lo recordaba. Hasta que un paralelismo inesperado me llevara a comprender la verdad artística que encierra, encarnada en uno de los personajes más fascinantes del siglo XX.

Imaginemos que esa obrera de la cultura a la que encarna Hepburn en la película, trasladada a París por obra y gracia (infinita) de su belleza y enamorada de un artista de la lente —va el spoiler que no es tal: al final de Funny Face la modelo y el fotógrafo terminan juntos—, de pronto desarrollara un interés comprensible por ser sujeto y no objeto del proceso fotográfico, ofreciera a su compañero de vida ocuparse de sus sesiones comerciales y de moda para que él pudiera concentrarse en la creación de obra personal. Supongamos ahora que, en ese proceso, la chica revelara un talento inusitado para ese trabajo y que terminara por reincorporarse a la revista que la descubriera como modelo sólo que ahora como una de sus fotógrafos estrella. Llena de curiosidad intelectual, esa encomienda la llevaría a asumirse artista, a explorar otras avenidas de la fotografía: el retrato, el ensayo fotográfico, la fotografía arquitectónica y de la naturaleza, finalmente el fotoperiodismo, en tanto corresponsal de guerra. Recordemos ahora, sin embargo, que nuestra hipotética heroína —nuestra metáfora hilada, por así decirlo— es una empaticalista: su lectura del mundo partiría de una voluntad de ejercer la inteligencia para sentir lo que siente el otro, para ponerse en sus zapatos. En los de raso con tacón muñeca diseñados por Roger Vivier para la modelo de alta costura. En los recubiertos de lodo, ayunos de agujetas y sembrados de agujeros, en las suelas del clochard atisbado en una esquina parisina. En los italianos hechos a mano del empresario con negocios en todo el mundo. En los toscos zuecos, demasiado grandes o demasiado chicos, del judío que encontrara la más injusta y cruel de las muertes en un campo de concentración. E incluso en las botas finas y resistentes, pero de súbito inservibles, del nazi derrotado, humillado dolorosa aunque insuficientemente en aras de la redención del imperdonable error moral colectivo del que ha sido cómplice. De haber existido esa mujer, de haber tenido esa funny face su empathic eye, se habría erigido, sin lugar a dudas, la mejor fotógrafa del mundo.

Existió, como queda de manifiesto en la exposición, actualmente en exhibición en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México, que muestra en la obra de Lee Miller acaso la mayor capacidad de empatía que haya desplegado fotógrafo alguno en la historia. Hija de fotógrafo, después modelo de Vogue, después amante y asistente de Man Ray, después fotógrafa ella misma de la revista que la descubriera y a la postre corresponsal de la misma publicación en la Europa de la inmediata posguerra, su trabajo conmueve siempre, es el de alguien que hace suyos con sólo mirarlos el glamour, la inteligencia, el espacio, el horror, el dolor, la culpa. Bello objeto y bellísimo sujeto, hay que ver a Lee Miller —y hay que verla ver— para creerla, para creer.