Fuera de Registro

Lauren Bacall: fuerte a fuerzas

En la madurez, Betty y Bacall habían confluido ya en una sola mujer: entrañable, fuerte, irresistible. Valga, pues, su historia como demostración de las posibilidades mayéuticas de la actuación.

El personaje cinematográfico de la recién fallecida Lauren Bacall, su —en palabras del historiador fílmico Richard Dyer— narrativa estelar queda asentada ya desde su primera aparición fílmica, en aquella secuencia memorable de The Big Sleep en la que enseña a un Humphrey Bogart 25 años mayor que ella a silbar. Nadie le creería los 19 años con que contaba entonces, nadie que estaba muerta de miedo. Betty Joan Perske soñaba con triunfar en el teatro o en el cine desde su infancia en el Bronx neoyorquino; lo más cerca que había llegado de la pantalla de plata, sin embargo, había sido un trabajo de acomodadora. Pero había sido descubierta por Diana Vreeland quien había comenzado a presentarla como modelo en las páginas de Harper’s Bazaar; ahí sería donde la identificara Slim, esposa del director de cine Howard Hawks, quien recomendara a su marido hacer una prueba de cámara a la chica de los pómulos perfectos y la sonrisa levemente irónica.

El resultado había de ser un nuevo nombre, un contrato con la Warner Bros. y la oportunidad de debutar en el cine al lado de una figura ya icónica, en una cinta basada en una novela de Raymond Chandler. Imposible pensar la construcción del mito Bacall sin citar ese momento inolvidable, divertido, perturbador, profundamente erótico, en el que la casi adolescente que sin embargo parece haberlo vivido ya todo, sin mayor atavío que una bata de seda que no hace sino realzar su desnudez, besa apasionadamente a Bogart y remata el coitus interruptus con una promesa: si llegara a necesitarla no tiene más que silbar. “Sabes silbar, ¿verdad, Steve? Sólo tienes que juntar los labios y soplar”.

La imagen construida por Hawks y encarnada por Bacall es la de una feminidad fuerte, casi hierática, completamente segura de sí misma, en absoluto control. La realidad en el foro de la Warner era, sin embargo, otra. Cuenta la actriz en su autobiografía By Myself: “La mano me temblaba… la cabeza me temblaba… el cigarrillo temblaba en mi mano. ¿Qué pensaría Howard? ¿Qué pensaría Bogart? ¿Qué pensarían los técnicos? ¡Dios, haz que pare esto!... Para el final de la tercera o cuarta toma me había dado cuenta de que una forma de que mi cabeza trémula se mantuviera quieta era mirar hacia abajo, con la barbilla casi pegada al pecho y los ojos alzados hacía Bogart. Funcionó, tanto que resultó ser el principio de The Look”.

La Mirada: tal habría de ser el apodo que Hollywood confiriera a la dueña de aquellos ojos a un tiempo desafiantes y esquivos en los que nadie habría sospechado inexperiencia e inseguridad. Al momento de filmar esa secuencia, Betty —a ese nombre respondería en privado a lo largo de su vida; para ella Lauren no era sino un constructo de la ficción, un personaje, una hermosa mentira— no fumaba ni bebía, estaba muy apegada a su madre y a su abuela, era todavía virgen. No obstante era una mucho mejor actriz de lo que jamás habrían de concederle la crítica o esa Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Los Ángeles que solo le concediera un Oscar honorario, y eso en su vejez: tan buena como para convencernos de que era una mujer de mundo intelectualmente superior, social y sexualmente segura, acaso peligrosa. Al poco, Betty se casaba con Bogart, ponía su carrera en segundo plano para entregarse a su verdadera vocación: esposa, madre, enfermera de los últimos días de un marido añoso. A la muerte de éste, se concentraría de manera mucho más sostenida en su vida profesional, perpetuaría ese personaje originario de mujer fuerte —la cazafortunas hiperarticulada de Cómo casarse con unmillonario, la diseñadora de moda autosuficiente y controladora de Designios de mujer— con ligeras variantes, incluso en un registro de comedia, en el que se daría el lujo de reírse de su propio sex appeal, de hacer mofa de su invulnerabilidad.

La carrera de Lauren Bacall fue larga y prolífica: la llevó de Hollywood a Broadway, de Broadway a la televisión, de la televisión al cine europeo. Su constante, sin embargo, ya en los glamorosos musicales de Kander y Ebb, ya en las dogmáticamente conceptuosas películas de Lars von Trier, habría de ser esa fortaleza a toda prueba, esa seductora e inquebrantable seguridad.

En ocasión de su muerte, releo la larga entrevista que concediera hace unos pocos años a la revista Vanity Fair, y constato que, en la madurez, Betty y Bacall habían confluido ya en una sola mujer: entrañable, fuerte, irresistible. Valga, pues, su historia como demostración de las posibilidades mayéuticas de la actuación, como constatación de que, a fuerza de fingir, hay quien termina por devenir lo que es.