Fuera de Registro

"L’amarodolce"

Anita Ekberg ha muerto, a los 83 años, el domingo pasado. La reveo y la releo y me topo con una entrevista en la que busca reivindicarse más allá de sus cuatro películas con Fellini, y sugiere que ella ya era famosa antes de que él la llamara...

A la hora del aperitivo, prefiero los italianos. Como ese China Martini —no que sea chino sino que está hecho de esa variedad de naranja que los italianos llaman chinotto— que en su lema resume la vocación de los demás: L’amarodolce. Que no es agridulce sino amargodulce, simultaneidad de talantes en apariencia opuestos —aunque, en ocasiones, hermosamente complementarios— que caracteriza no sólo lo que puede uno beber en los cafés de la Via Veneto sino lo que podía uno ver otrora en los cines de las calles aledañas.

Y es que las mejores películas de la mejor era del cine italiano exhiben justo ese gusto. Verbigracia Intervista o, en español La entrevista, una de las cintas menos valoradas de Federico Fellini que, sin embargo, es también una de las que me conmueve más. Por su fascinación absoluta por el cine. Por la mise en abîme de su mise en scène, que supone la premisa deliberadamente artificiosa de una entrevista realizada al propio Fellini por un falso equipo de producción televisiva mientras recorre y recuerda (e inventa y delira) Cinecittà, Pero sobre todo por una secuencia memorable en la que un Marcello Mastroianni entrado en años (y en carnes) aparece vestido de mago Mandrake (caracterizado para un comercial televisivo está) y termina por servirse de la concomitante varita mágica para conjurar a Anita Ekberg y ver juntos la secuencia mítica de la película felliniana que los hiciera leyenda, La Dolce Vita.

Amaradolce será entonces, pues si Mastroianni aparece embarnecido y envejecido, Ekberg luce a un tiempo esplendorosa… y grotesca. La cabellera sigue blonda y abundante y lustrosa. El rostro se revela asombrosamente libre de arrugas, sembrado de esos rasgos finos, elegantes, armónicos y ligeramente altivos que conmovieran corazones (y plexos solares) en sus mejores años. La superficie sobre la que se dibujan, sin embargo, parece haberse hipertrofiado, adoptando la forma nada ekbergiana del cuadrado. Y, cruel, Fellini la ha vestido sólo con una toalla ajustada bajo las axilas, que deja ver esa carne todavía marmórea y levemente sonrosada pero que ahora ha devenido demasiado pródiga y cuelga en rodetes por sobre esa tela afelpada que lucha en vano contra la gravedad. Dicen poco ambos actores en la secuencia. Pero los ojos se les humedecen mientras contemplan su esplendor pasado, chapoteando en esa eterna Fontana de Trevi de una frustrante y frustrada e infinita y eterna noche romana.

Hoy Anita Ekberg ya no luce siquiera así. Ha muerto, a los 83 años, el domingo pasado. La reveo y la releo y me topo con una entrevista que otorgara en 1999 al New York Times en la que busca reivindicarse más allá de sus cuatro películas con Fellini y sugiere que ella ya era famosa antes de que él la llamara para su descenso a los infiernos de la Roma celestial, que nadie se acuerda porque sus películas previas no están distribuidas en video en Italia, acaso en virtud de una conjura nacional que pretendería transmitir la falsa impresión de que Fellini no sólo la descubrió sino la hizo.

Se equivocaba y no. Ganadora del concurso de belleza Miss Suecia en 1951 (a sus 20), llegaría a Hollywood contratada en 1953 y filmaría no pocas películas, generalmente de comparsa a un tiempo conspicua (por su cuerpo) y discreta (por sus parlamentos) de duplas cómicas de baja estofa —Abbott y Costello, Dean Martin y Jerry Lewis, Bob Hope y Fernandel—, starlet condenada a ardides publicitarios —como esa ocasión en que el vestido supuestamente se le abriera en el lobby del hotel Berkeley de Londres, dejando a descubierto su bien dotada humanidad para la lente de un fotógrafo que oportunamente pasaba por ahí— para causar el efecto que sus participaciones cinematográficas no lograban.

Hasta que llegara un Fellini que, si no la descubrió, sí encontró en su persona no una actriz sino una metáfora: la de la obsesión erótica. Así en La Dolce Vita, cuya noche de farra la hace objeto de deseo siempre insatisfecho, coitus interruptus que es sed non satiata. Así en el brillante segmento “Las tentaciones del doctor Antonio” de Bocaccio 70, en el que se presta a la acción viva sólo en el último tercio pero es omnipresencia que atormenta a un Peppino de Filippo ultraconservador pero hiperconcupiscente desde un espectacular en que promueve los placeres benéficos de la leche. Así en su cameo en Los payasos, donde el propio Fellini se la topa queriendo comprarse una pantera (como mascota) pero la vemos a fin de cuentas casi mutar en pantera. Y así por siempre (y ya nunca) en esa Intervista con el vampiro que es Fellini, confrontada a su propio deseo de juventud, inexorablemente insatisfecho, como el de todos.

Anita fue una diosa pero Fellini es Dios. Hay que temerlo.