Fuera de Registro

Hotel Zweig

Stefan Zweig no fue un ingenuo: bien admite en ese "Mundo de ayer" que tal esteticismo habría de costar caro a los austriacos, empezando por él mismo.

Ignoro si haya un término para describir el fenómeno, pero lo cierto es que resulta innegable: uno se acerca a un tema que del que tiene poco o nulo conocimiento, y de pronto las referencias a éste se multiplican como por magia, dialogan con las recientemente adquiridas, conducen a que el tema se haga irremisiblemente nuestro.

Así acaba de pasarme con Stefan Zweig, del que hasta hace poco sabía poquísimo. Que era un escritor austriaco y que encarnaba particularmente el ethos de esa Viena imperial a caballo entre dos siglos que tanto me entusiasma. Que escribió algunas buenas biografías, de las cuales la de María Antonieta y la de Fouché cayeron en mis manos en la adolescencia y las leí con placer. Que fue el autor de dos novelas sobre la obsesión —acaso su tema recurrente, obsesivo— que mucho me gustaron: la Carta de una desconocida a que me condujo la película de Max Ophüls, la Novela de ajedrez que me prestó un amigo en reciprocidad por mi recomendación de La defensa de Luzhin nabokoviana. No me era, pues, un completo desconocido. Pero tan poco sabía de él que ignoraba que había pasado sus últimos días en Petrópolis —ciudad brasileña que es a Río lo que Cuernavaca a la Ciudad de México— y que ahí se había suicidado, cosa de la que me advirtió mi mujer cuando preparaba yo un viaje de trabajo periodístico a Brasil, exhortándome a realizar una pieza sobre la casa que ahí ocupara, hoy devenida museo. Como trato de ser buen reportero, buen viajero, buen vienófilo y, sobre todo, buen marido, acudí.

En preparación de la visita leí un poco sobre Zweig y fue así que me apercibí de su último libro, El mundo de ayer, una de esas obras que demarcan la línea entre la memoria y la autobiografía. Zweig refiere vivencias personales, sí, pero curiosamente no se extiende demasiado en ellas. Lo que pretende, entonces, es partir de su experiencia —de sumemoria— para ensayar sobre un mundo que se (le) fue: uno inmune todavía a los embates inmorales de la modernidad tardía, uno que acaso tuviera su capital en esa Viena que fuera su ciudad en más de un sentido. Admirativo de su alto grado de desarrollo institucional, hubo de llamarlo “el mundo de la seguridad” —tal es el título del primer capítulo de El mundo de ayer— pero bien habría podido bautizarlo también “el mundo de la belleza”:

Un vienés sin sentido artístico o sin capacidad de disfrute de las formas era impensable en la “buena sociedad”. Incluso en los círculos más bajos, los más pobres allegaban a su vida un cierto instinto de belleza derivado del paisaje y de la alegre esfera humana; uno no era un verdadero vienés sin ese amor por la cultura, sin ese sentido, a un tiempo estético y crítico, de la sagradísima exuberancia de la vida.

Zweig no fue un ingenuo: bien admite en ese Mundo de ayer que tal esteticismo habría de costar caro a los austriacos, empezando por él mismo. En la Casa Stefan Zweig de Petrópolis poco hay, porque poco pudieron salvar el escritor y su esposa en su atropellado exilio. La habitación en que consumaran su suicido conjunto no alberga más que una silla (Thonet, claro: vienesa) y una reproducción facsimilar de la breve carta de despedida del escritor, en la que refiere la desaparición del mundo de su lengua y la autodestrucción de su hogar espiritual, Europa, antes de asumirse “demasiado impaciente” para aguardar a “ver la aurora que siga a la larga noche”. Me conmovió.

Y volvió a conmoverme cuando atisbara yo en los créditos de la más reciente película de Wes Anderson, El GranHotel Budapest, lo que comenzara ya a intuir desde sus primeros minutos: que ésta aparece inspirada por Zweig. No por uno de sus libros en particular sino por su obra toda, y más por el espíritu de El mundo de ayer. En ella, un escritor —encarnado en su juventud por Jude Law y en su madurez por Tom Wilkinson— narra la historia de Monsieur Gustave (Ralph Fiennes), conserje de un hotel que debe su nombre no a su emplazamiento sino a su carácter de microcosmos de ese imperio austrohúngaro que fuera mundo de ayer para Zweig. Amenazado por el fascismo, la guerra y la avaricia humana, Monsieur Gustave refuerza su elegante puntillosidad, apuesta por la belleza y por la moral que deriva de ésta —su estética es su ética—, empeñado en cultivar el zweigiano disfrute de las formas incluso en las circunstancias más adversas. No hay en él, sin embargo, el heroísmo de aquel otro conserje de Hotel Rwanda y menos aún el chantaje sentimental del librero fantasioso de La vida es bella. En ElGran Hotel Budapest, la belleza es disciplina, deber moral para combatir a un mundo que ha olvidado qué es lo que nos hace humanos.

Tengo ya mi reservación.