Fuera de Registro

Feliz tristeza

He podido reconocerme, sentirme menos (y por ello más) solo en mi vana tentativa por alcanzar el ideal. No así, sin embargo, en una cultura popular que, de sí volcada a la alegría, en sus manifestaciones más recientes parece de plano obsesionada en obliterar la tristeza.

No estoy triste: soy triste. Lo que, desde luego, no significa que sea incapaz de momentos de intensa alegría, de ira rabiosa o de ansiedad machacona sino que la tristeza es la lente a través de la cual veo el mundo. Ojo: decir que soy triste no equivale a confesarme deprimido, diagnóstico psiquiátrico al que nunca me he hecho acreedor y para el que cuantimenos he sido medicado: nunca me he quedado en cama todo el día (a no ser por enfermedad física, o acaso por las mejores y más festivas razones), nunca he incumplido con mi trabajo (a no ser por surménage o por franca estupidez), nunca he dejado de comer (lo que acaso bien me haría) o de dormir o de comunicarme con los demás.

Mi tristeza ligera pero endémica es cosa que detecté a temprana edad, no sin desazón. En la escuela primaria, llegada la hora del recreo, mientras todos mis compañeros bajaban a jugar al patio, con alguna frecuencia yo prefería quedarme solo en el salón, no a hacer maldades o siquiera a leer en paz, sino a cultivar un cierto talante de morriña, una sensación de profunda soledad que, aunque me provocaba sufrimiento, no me resultaba exenta de una cierta belleza. La lectura, llegada la adolescencia, de Las flores del mal baudelairianas me hizo sentirme algo menos solo —aun si acompañado de un muerto, y de uno que en vida fuera un descastado— y me ayudó a cifrar la emoción que coloreaba (de hermoso gris plomizo) mis días con un nombre: spleen. Catorce años contaba yo pero podía afirmar, al alimón con el poeta, tener plus de souvenirs que si j’avais mille ans. Baudelaire hubo de ser mi puerta de entrada a Rimbaud, a Verlaine, y con ellos al descubrimiento de haber sido uno de esos poetas (aun sin talento poético alguno) de siete años, temeroso de los tristísimos domingos de diciembre, oprimido cada noche por los sueños en la alcoba. Desde entonces, inexorables, los largos sollozos de los violines otoñales hieren mi corazón con monótona languidez cada día.

He encontrado en la alta cultura —y acaso por ello me haya dedicado a trabajar cerca de ella— no pocos referentes para comprender y cultivar mi talante de origen. En las novelas de Fitzgerald o de Ishiguro, en las películas de Antonioni o de Truffaut, en la música de Berg o de Richter, en el Caminante ante un mar de niebla de Caspar David Friedrich —uno de los cuadros que más han marcado mi vida— he podido reconocerme, erigir mi experiencia en universal, sentirme menos (y por ello más) solo en mi vana tentativa por alcanzar el ideal. No así, sin embargo, en una cultura popular que, de sí volcada a la alegría, en sus manifestaciones más recientes parece de plano obsesionada en obliterar la tristeza. En 1936, la tercera película más exitosa del año, SwingTime, frívola comedia musical con Fred Astaire y Ginger Rogers, dedicaba unos buenos seis minutos a un número de plano desesperanzado en que Fred y Ginger se despedían acaso para siempre con un baile tan magistral como neurótico, después de que Astaire jurara —al ritmo funéreo de una canción apocalíptica de Jerome Kern y Dorothy Fields— que, condenado a amarla a distancia, nunca volvería a bailar. La fatídica resolución no habría de ser sino temporalísima, por supuesto —llegado el final de la cinta los amantes volvían a reunirse en un estallido contagioso de carcajadas colectivas—, pero habla de un tiempo en que lo popular parecía tener menos miedo a la tristeza. Hoy tan negros pensamientos se antojan completamente ausentes de unos entretenimientos taquilleros empeñados, al parecer, en poco más que anestesiar.

Es por ello que —oh, paradoja— hubo de provocarme enorme alegría el estreno de IntensaMente —la traducción es por una vez superior al original, Inside Out—, película animada de los estudios Pixar que a la fecha ha recaudado más de 400 millones de dólares y que constituye poco menos que una apología de la tristeza. Su creador, Pete Docter —también director de Monsters Inc. y de Up— se adentra en la mente de una niña de 11 años paralizada por un trauma emocional (una mudanza de ciudad y el concomitante cambio en su vida) y postula la existencia de cinco emociones básicas —el miedo, el asco, la ira, la alegría y la tristeza— que, antropomorfizadas, constituyen sus protagonistas. La alegría, literal cheerleader, pretenderá asumir el control de la resolución del shock paralizante pero descubrirá en el camino que es la tristeza lo que permite a la protagonista —y con ella a los espectadores— identificar la complejidad de sus emociones, externarlas y con ello encontrarles si no solución sí resolución.

Inteligente conclusión. Hermosa, además, con esa belleza que sólo alcanza lo que ha sido tocado por la tristeza.