Fuera de Registro

Ecos

Si algo nos enseñó Eco es a ver el mundo, a descubrir y, sobre todo, a construir significados a partir de las provocaciones postuladas por la producción cultural toda. Nada humano le fue ajeno.

La noticia me pescó en Mérida. O, mejor dicho, en el lobby de uno de esos hoteles concebidos por grandes corporativos para resultar a un tiempo absolutamente estandarizados, intercambiables en lo esencial con cualquier otro erigido en Orlando o en Bogotá o en Santander, pero dotados de los suficientes guiños escenográficos —que no arquitectónicos— para erigirse en vago recordatorio, no real sino tenuemente alegórico, de la ciudad en que uno está. Horrible, la construcción resulta sin embargo fascinante: en lo que estructuralmente podría ser un edificio concebido por John Portman para uno de los feudos de la cadena Hyatt —un gran atrio rodeado por balcones dispuestos alrededor de dos elevadores panorámicos— se superponen elementos decorativos vagamente decimonónicos —pero dotados de la pátina ahistórica de lo relativamente nuevo—, vagamente tropicales, vagamente yucatecos, que hacen un champurrado de citas arquitectónicas romanas y coloniales y modernas, que pretenden situar el edificio en un tiempo y un lugar que no es voluntad cultural habitar sino apenas evocar en tanto agente legitimador de la presunta localidad de una experiencia que en realidad ha sido concebida para transmitir la certeza consoladora de un estándar internacional inmutable, mil veces repetido en mil ciudades.

"Murió Umberto Eco" rezaba el mensaje de texto desplegado en la pantalla de mi teléfono, que me fue dado consultar mientras cruzaba el vestíbulo para subir a mi habitación a lavarme los dientes antes de la conferencia que debía dar esa tarde en el auditorio de un museo que no conocía todavía. Primero me pareció trágicamente irónico el hecho de apercibirme en un lugar tan feo de la partida de este mundo de una mente no sólo tan lúcida sino tan lúcidamente consciente de qué constituye la belleza (verbigracia la historia de este fenómeno que publicara en 2004, seguida de otro ensayo, igualmente seminal, sobre la fealdad, que viera la luz en 2007). Pero apenas un instante después me pareció que había una justicia poética —o, si se quiere, semiótica— en ello: de no haber sido un lector entusiasta de Eco desde que cayeran en mis manos primero su Apocalípticos e integrados y después su Opera aperta, siendo yo muy joven, no habría estado capacitado para leer este y otros edificios y fenómenos culturales como textos, no habría comprendido que el mundo, en su infinita belleza y su infinita fealdad, está ahí para ser decodificado en tanto sistema simbólico, leído, interpretado y completado por una mirada que es condición no única pero sí estructural de su polisemia.

Para el gran público, Umberto Eco ha de pasar a la historia como el autor de El nombre de la rosa, que pasa por ser una gran novela histórica (y lo es), un eficaz thriller detectivesco (y, gozosamente, lo es) y un soberbio ejercicio metaliterario sobre la borgesiana Biblioteca de Babel (y lo es). Los también lectores de sus ensayos encontrarán, sin embargo, en la forma y en el fondo de este más celebrado de sus libros un tratado de semiología, una lectura pero también una puesta en acto del mundo y de la literatura justo como opera aperta, obra abierta susceptible de ver mutar su significado a la luz de la mirada de quien asoma a ella. Y es que si algo nos enseñó Eco es a ver el mundo, a descubrir y, sobre todo, a construir significados a partir de las provocaciones postuladas por la producción cultural toda. Nada humano le fue ajeno: no la pornografía y no los manuscritos medievales iluminados, no la televisión y no los libros, no James Bond y no James Joyce. Consciente de la plétora de significados que constituyen la estructura pero también la potencialidad de todo discurso, Eco hubo de situarse en el punto de cruce de la filosofía y del psicoanálisis, en el origen de los estudios culturales y de la antropología de la cultura de masas, en el canon histórico de la crítica pero también de la creación. Autodefinido joven novelista —hubo de publicar su primera narración de largo aliento a los 48 años, lo que constituye una esperanza para quienes todavía no lo hemos hecho a los 40—, su aportación a la literatura resulta sin embargo inestimable cuando menos desde el 1962 de esa Opera aperta publicada a sus 30 años en que se revelaba a un tiempo académico riguroso y provocador y literato capaz de entablar con el lector un diálogo marcado por el juego, por el estilo, por la convivialidad.

Cuarenta minutos después de conocer la noticia de su muerte, llegué a dar mi conferencia al Gran Museo del Mundo Maya y encontré en su arquitectura ecos del Pompidou parisino, del MACBA barcelonés, de la arquitectura maya y de su reinterpretación a manos de Frank Lloyd Wright.

Encontré ecos de Eco, ya sólo en mi modo de mirar.