Fuera de Registro

Disculpen mientras voy por mi bastón

La frase del título es una cita de un Pato Donald contrariado y agraviado a resultas de algún señalamiento (he olvidado cuál; después de los 40, el cerebro va mudando en moridero neuronal) de sus sobrinos jóvenes, arrogantes y bullangueros (los muy cabroncitos). No se trata, desde luego, de un anuncio real —una de las ventajas del universo disneyano es esa perenne middle-age que sus personajes pagan caro con la eternidad: Donald, que jamás blandió sonaja, nunca habrá de usar bastón—sino de una mera ironía a un tiempo recriminatoria y autoderogatoria: Hugo, Paco, Luis y los valores que representan están haciéndolo sentir viejo, más allá de su edad cronológica. Pues bien, a estos 41 que anticipo no demasiado distantes de la edad inmutable de Donald, diré estar sintiéndome más o menos igual que él, aunque con diferencia mayúscula: muchos más que mis sobrinos son quienes me confrontan día a día con mi obsolescencia, y no soy el único señalado, puesto que somos también muchos quienes nos sabemos confundidos, acaso atrapados al otro lado de la brecha (¿o es trinchera? My kingdom for a horse!).

Si no la guerra propiamente dicha —aunque he visto ejércitos atacar, reforzados por mercenarios despiadados en su virtualidad monetizada y preprogramada— sí cuando menos la revolución. Y es que si el advenimiento de la máquina de vapor habría de traer consigo la era industrial, el de internet y la telefonía móvil es causa y origen de una bien llamada revolución digital cuya existencia es innegable —como la globalización, no es pregunta— pero cuyo resultado se antoja todavía interrogante, puesto que sus batallas se libran aún hoy, y no hay siquiera imaginaria Línea Maginot.

La primera en causar baja fue la crítica, entendida como género periodístico —es decir literario— y hoy en franca merma en los medios. Hubo un tiempo en que quienes la ejercían exhibían ciertas credenciales —habían estudiado hasta dominar una materia sobre la que escribían, y además sabían escribir— y en que esas credenciales los dotaban de la solvencia profesional para ocupar un espacio en un medio en que su especialización les permitía brindar un servicio de orientación del criterio del público. La posibilidad brindada por internet —primero por los blogs y después por esas redes sociales que los amplifican y a menudo los sustituyen— para que cualquier persona dotada de una conexión wifi pueda publicar lo que se le venga en gana dio cuando menos parcialmente al traste con el modelo: hoy todas las opiniones —calificadas o no, avaladas por un medio o no— tienen un lugar en la red, todas valen lo mismo. Y, al ser equivalentes e innumerables, ninguna vale mucho. Todos hablamos a un auditorio de muy pocos, asaz de uno solo, y el poder de las voces que elevamos reside ya más en su número —en esa estadística que se traduce en un trending topic— que en su calidad.

Mientras el fenómeno se reducía a opiniones sobre manifestaciones artísticas, la brecha se antojaba todavía franqueable: el pacto contemplaba la existencia de una elite —es decir de una meritocracia, por imperfecta que fuera— en que personas presuntamente calificadas ejercían no sólo la opinión sino las decisiones por el poder que les delegaba una sociedad que confiaba en mayor o menor medida en sus capacidades. Los medios y los tribunales eran las instancias adecuadas para dirimir las diferencias y denunciar las injusticias. Distaba mucho de ser un esquema idóneo pero era, cuando menos, uno viable y certero.

Vino entonces el auge de las redes sociales y su capacidad, demostrada en la Primavera Árabe, para redundar en transformaciones benéficas. Echamos las campanas al vuelo. No podíamos anticipar, sin embargo, que empoderadas por esos gorjeos bienhechores, las redes se vieran secuestradas no sólo por una turba iracunda (acaso con razón) sino por los propios intereses del establishment —vieja elite que aprende trucos nuevos— y que, merced a perversiones de la tecnología y de la mercadotecnia (los bots, los influencers), fuera ya no la razón argumental sino el número y la estridencia de las voces lo que terminara por definir ya no la taquilla de una película o el rating de un programa sino el destino de las naciones.

El problema es complejo porque, más allá de su mal uso, las redes resultan, en efecto, democratizadoras pero, además, porque el fenómeno acusa una crisis de la elite en todos sus frentes, una falta de credibilidad ganada a pulso que genera un vacío de poder que, por lo pronto, no logran llenar más que la estadística y el ruido.

Ignoro el desenlace posible. Sólo sé que es momento de pensar, y que la primera reflexión deberá ser autocrítica.

El bastón ha de ser la razón.