Fuera de Registro

Desmesura contra la desmesura

El más de medio siglo de trabajo de Teodoro González de León, mostrado en el Museo de la Ciudad de México, me dejó en claro que en la trayectoria de este arquitecto son muchos más los aciertos que los errores.

Tengo no pocos amigos —algunos arquitectos; otros como yo, meros amantes de la arquitectura (es decir arquitectos frustrados)— a los que de plano no les gusta la obra de Teodoro González de León. O cuando menos eso dicen. No que ataquen deliberadamente el edificio del Infonavit o el del Colmex, no que condenen la embajada mexicana en Berlín, sino que suelen aducir a los mismas tres o cuatro construcciones para poner en tela de juicio la bondad y la racionalidad de su visión. En una época estuvo de moda —grillas del mundo del arte de por medio— cuestionar su proyecto para el Museo Universitario Arte Contemporáneo y la integración de éste al Centro Cultural Universitario. Hoy que el MUAC se revela un museo relevante y visitado, que artistas de todas las latitudes exhiben con beneplácito en él y que la comunidad universitaria lo ha hecho tan suyo como la Biblioteca Nacional, la Sala Nezahualcóyotl o el Teatro Juan Ruiz de Alarcón, su edificio resulta menos socorrido —ya sólo en el encontronazo con la realidad— en tanto arma para blandir contra quien es objeto de suspicacias bienpensantes. Pero quedan algunos que es posible rebajar a reproche: ahí el Corporativo Arcos Bosques, mejor conocido como el Pantalón, ejemplo de proyecto que se relaciona poco con su entorno, que se concibe para el automóvil pero no para el peatón y que acusa la formación inicial de su autor al lado de un Le Corbusier cuya noción urbanística, plenamente anclada en la modernidad ingenua y optimista, se revela hoy más hermosa que funcional y sustentable; ahí también Reforma 222, conjunto de usos mixtos que resulta habitable y crea un espacio público, sí, pero sólo a partir de la abolición del Espacio Público mismo, de la espalda dada a la ciudad y a sus habitantes en un intento por aislar a sus usuarios de una vida urbana que, ante su presunta inmanejabilidad, es sustituida por un entorno artificial de un esteticismo militante y desmesurado; y, ya que de desmesura hablamos, ahí está la Torre Virreyes, capricho no sólo por lo elefantiásico de sus proporciones sino porque su erección supuso la demolición del Súper Servicio Lomas, proyecto de Vladimir Kaspé que no sólo representaba un mejor modernismo, más modesto y más útil, que el encarnado por proyectos herederos de Le Corbusier —que ha mostrado su fracaso en desarrollos tan disímbolos como Brasilia, los Robin Hood Gardens londinenses, Walt Disney World y Ciudad Satélite— sino que constituía un patrimonio estético e histórico con el que la voracidad inmobiliaria hubo de barrer sin mayor miramiento. Hay, pues, en esos proyectos de Teodoro González de León, y acaso en unos pocos más, pecados que es posible agrupar bajo el denominador común de la desmesura: efectismo que pone el proyecto por encima del usuario. No bastan, sin embargo, para hacer una descalificación somera de quien por pleno derecho debe figurar como uno de los grandes arquitectos de la modernidad mexicana.

Tan popular se ha vuelto entre arquitectos y fans de la arquitectura el deporte de hablar mal de Teodoro González de León que llegué ya con dudas sobre mi propio juicio a la exposición de maquetas suyas que hoy se exhibe en el Museo de la Ciudad de México. No bien comencé a pasearme por ella, sin embargo, el más de medio siglo de trabajo acumulado me dejó en claro que, en la trayectoria de este arquitecto, son muchos más los aciertos que los errores. Sintónico con el brutalismo que campeaba en Europa en los años 60 y 70 —una de las mejores aportaciones de un Le Corbusier al que debemos tener por tan buen arquitecto como fallido urbanista—, a través de esas maquetas González de León se revela el mejor de los cultores del concreto bruto como material que genera a un tiempo solidez, frescura y funcionalidad, que toma en cuenta al usuario final y deriva su belleza de ello. El conjunto que integran el Colmex, el FCE y la UPN es prueba de su capacidad de diálogo respetuoso con el entorno; el nuevo edificio de Banamex en el Centro Histórico, prolongación de uno de la Colonia, de su voluntad de inscribirse en la Historia de la arquitectura sin sucumbir a la tentación de la parodia de estilos añejos. La sensación que deja la exposición —por otra parte muy bien montada— es la de una obra congruente y racional, apenas por excepción desviada de su cauce y ello sólo por causa del espíritu de unos tiempos demasiado confiados en el progreso y en los símbolos de poder, al que difícilmente habría podido sustraerse un hombre de su generación.

Vale, pues, la acusación parcial de eventual desmesura a Teodoro González de León. Ojalá, sin embargo, no la profiriéramos con una desmesura aun mayor, que tacha de un plumazo lo tanto que su obra tiene de muy noble y muy bueno.