Fuera de Registro

Cuidado con las tijeras

Hoy comenzarán a desplegarse en el Museo Memoria y Tolerancia piezas de Yoko Ono. Ojalá sepamos mirarlas no desde el catálogo de prejuicios que suele inspirar quien las ha producido sino con ojos más dispuestos a construir que a desgarrar.

Un escenario vacío.

Una persona entra.

Va muy bien vestida, acaso con sus mejores ropas. Lleva unas tijeras en mano.

Coloca las tijeras en el suelo, frente a sí. Se arrodilla ante las tijeras, siempre de cara al público.

Pronuncia un discurso sucinto, en el que invita a los presentes en las butacas a subir uno a uno al escenario, a empuñar las tijeras, a recortar un trozo de tela de su atavío y llevarlo consigo. Después, durante eternos minutos, mira impasible al frente. Se limita a ser objeto no sólo de la mirada sino de la acción.

Primero con timidez, después envalentonados, los asistentes van subiendo por turnos. Toman las tijeras, rasgan con ellas un trozo del traje. Los primeros cortes son menores, casi imperceptibles. Pero van tornándose sucesivamente más conspicuos, por tanto más violentos.

Pasados unos minutos, el saco deja de ser tal, no quedan de él sino jirones. Los asistentes atacarán entonces la ropa interior, hasta que ésta amenace también con colapsar, dejando a quien la porta en estado de asaz desolada vulnerabilidad.

La persona que ocupa el escenario se esfuerza por cubrirse con las manos, por sostener con angustiosa precariedad esos restos de tela que constituyen los de su dignidad maltrecha sólo en apariencia.

Porque la última imagen es dolorosa, sí, pero también triunfal. Es la de una persona a todas luces ultrajada, abusada, violada. Pero también es la de alguien que ha controlado cada etapa de este proceso, que es objeto pero también artífice de una suerte de sacrificio ritual cuyo desenlace anticipaba desde el momento mismo de concebirlo. Por eso mira hacia delante, impasible, imperturbable, con augusta dignidad. Porque conoce una verdad que ningún otro de los presentes conoce. Y porque es consciente de haberla conocido desde antes.

Su derrota apenas aparente no sólo es su triunfo sino el de algo más importante: el del acto creativo. Y, con él, el de la libertad.

* * *

Hay mucho del trabajo de Yoko Ono que no me interesa: lo corroboré hace un par de años, en un viaje a Londres en el que hube de toparme por azar con una retrospectiva suya en la Serpentine Gallery, una de cuyas salas aparecía ocupada por el avatar entonces más reciente de un proyecto que ejemplifica su intermitente capacidad para la chabacanería: el Wish Tree. "Formula un deseo. Escríbelo en un pedazo de papel. Dóblalo y amárralo a una rama del Árbol de los Deseos. Pide a tus amigos que hagan lo mismo. Sigue deseando. Hasta que las ramas estén cubiertas de deseos.": tal era la leyenda que aparecía junto al árbol de marras, junto al cual se hallaban dispuestos lápices, hojas de papel y retazos de estambre. Si la pieza me resultó ñoña fue por su espíritu populistamente esperanzador: la formulación misma del texto y la carga simbólica de la figura del árbol —algo que crece, que florece, que da frutos— ofrecen una visión trapacera del deseo no como lo que es —una eterna carencia, imposible de ser colmada, inexorablemente dolorosa— sino como una suerte de mercancía, lista para ser consumida una y otra vez, susceptible de crear una comunidad ("pide a tus amigos que hagan lo mismo"), acaso de consumidores.

La pieza tiene mucho en común con otras obras de Ono, y particularmente de la parte feelgood de su producción musical con su marido John Lennon, que postulan la falaz y remolona posibilidad de encontrar solución a problemas complejísimos en el mero acto de imaginarlas o (otra vez) de desearlas. Esa parte del universo artístico de Ono, sin embargo, no invalida el poder de un performance como ese Cut Piece que sigue siendo una de las reflexiones más brillantes sobre el proceso del arte que se hayan producido jamás: El Artista ofrece su mejor versión al público, que inevitablemente ha de completar la obra con su agencia (el corte no es sino la puesta en acto de la mirada, que modifica lo visto pero que también es modificada al llevarse algo de ella). Ese público, sin embargo, es rara vez respetuoso: llamado a interactuar con la obra, no resiste a la tentación de socavarla, de operar en ella una destrucción inconscientemente wildeana (es decir amparada en el dizque amor, en este caso al arte). No habrá creación, pues, que sobreviva en su intención al escrutinio del público pero en su destrucción misma pervivirá el arte como proceso.

Recuerdo todo esto hoy que comenzarán a desplegarse por la Ciudad de México, y en el Museo Memoria y Tolerancia, piezas de Yoko Ono. Ojalá sepamos mirarlas no desde el catálogo de prejuicios que suele inspirar quien las ha producido sino con ojos más dispuestos a construir que a desgarrar. (Las tijeras están ahí y nos corresponde usarlas, sólo que con cuidado).