Fuera de Registro

"Cherchez la fille"

¡Que venga Malala! es un proyecto coordinado por Mara Robles, tras la pericia narrativa de José Luis Aguilera y los hermosos dibujos de Manuel Monroy; muestran la necesidad urgente de que comprendamos que el problema básico de nuestro país es la educación.

Muchos esfuerzos he hecho en no pocas ocasiones para llamar la atención de una cierta mujer. (Cuando menos en una ocasión mi éxito fue arrollador: tanto insistí que terminó por casarse conmigo… y aquí seguimos.) Nunca, sin embargo, tantos como los que despliego ahora para atraer la mirada de una que poco guarda en común con aquellas cuyo interés solía ser mi propósito concitar. Y es que ésta tiene 17 años, es musulmana, conocida y celebrada a escala mundial. Acaso todo ello explique que, en los últimos días, el empeño haya consumido casi todo mi tiempo de vigilia. Escribo cartas. Hago llamadas. Acudo a citas. Recluto amigos —Cyrano tirano que soy— que escriban bonito sobre ella y le hagan dibujitos. Y arengo a otros, más cercanos a su edad, a que se sumen a mi clamor por su presencia.

Nunca tampoco había tenido la experiencia de solicitar el favor de una mujer por indicación de otra. Pero he aquí que así es hoy. Esa otra es Mara Robles, amiga querida y secretaria de Educación de la Ciudad de México, quien un buen día me citara en su oficina para proponerme editar un cómic (lo que ya de entrada me entusiasmara: fui editor en mis mocedades, y lo extraño). También me dio el título: ¡Que venga Malala!

Malala se apellida Yousafzai, es pakistaní, y el año pasado ganó el Premio Nobel de la Paz en reconocimiento por sus esfuerzos en pro del derecho a la educación, particularmente el de las mujeres, en especial las de los países islámicos. O, como bien consigna el dicho cómic —porque lo hicimos, y puede ser consultado por cualquiera en el sitio web www.quevengamalala.mx—, es “una niña que tenía tantas ganas de ir a la escuela que se ganó el Premio Nobel de la Paz”.

Harto conocida es su historia pero no sobra volver a contarla: víctima de la clausura de escuelas para mujeres por parte del régimen talibán en su comunidad, Swat, comenzó a relatar en un blog su desazón por verse privada de educación. Esta bitácora terminaría por servir como instrumento de presión política para la reapertura de los establecimientos escolares, lo que le valdría la ira de los talibanes, expresada en un ataque a mano armada —por fortuna fallido— contra su persona. Desde entonces, Malala se ha exilado en Birmingham, Inglaterra, donde combina los estudios que tan caro le han costado con el activismo por la educación.

Al enterarme de la materia del cómic que me encargaba Mara, no pude sino aceptar. Y no porque pensara que la historia de Malala no gozara de suficiente publicidad sino porque me parece que hacer de esta publicación el detonador de una estrategia para que los alumnos de primarias de la ciudad de México le escriban cartas, pidiéndole su visita a la Segunda Conferencia Global sobre Ciudades del Aprendizaje —que organizarán la SEDU y la  Unesco Institute for Lifelong Learning entre el 7 y el 9 de mayo en esta capital—, permite plantear en la agenda ya no metropolitana sino nacional un problema que amerita discusión y, a partir de ella, soluciones. En la historieta, José Luis Aguilera Velasco, autor del guión, entrevera la historia de Malala con la de Amelia, estudiante de primaria hija de un padre ausente y una madre enferma, que debe trabajar por las mañanas en el puesto de jugos de un mercado y cuidar de sus hermanos por las tardes, privada de su derecho a educarse en razón de su situación socioeconómica y su género. Aunque nacida en la imaginación de mi amigo, Amelia es dolientemente real, como lo es ese millón de niños entre 6 y 14 años que no va a la escuela, y ese 43 por ciento de la población de entre 15 y 19 que tampoco goza de ese derecho. Por ser pobres o mujeres o indígenas o huérfanos, por conflictos que en nada les atañen —es el caso en el estado de Guerrero pero también en otras entidades, víctimas de repetidos conflictos sindicales de inspiración más política que educativa— muchos niños lastran su futuro y, en ese trance, el del país. Ante ello, son necesarias políticas públicas pero también una reforma cultural.

Es eso lo que asoma tras la iniciativa de Mara Robles, tras la pericia narrativa de José Luis Aguilera y los hermosos dibujos de Manuel Monroy, tras las decenas de miles de cartas de niños que iremos a franquear rumbo a Birmingham algún día de la primera semana de marzo en el Palacio Postal: la necesidad urgente de que comprendamos que el problema básico de nuestro país es la educación, y que se trata de uno del que todos somos corresponsable, por lo que es en ese espíritu que debemos actuar. De ahí mi adscripción entusiasta a hacer que venga Malala: no a salvarnos sino a atizarnos, no a redimirnos sino acaso a avergonzarnos, no a solucionar nuestro problema sino a recordarnos que sólo en nosotros cabe su solución.