Fuera de Registro

Un nuevo relato

En el MASP no solo es hermosa la apariencia de los cuadros, que parecen flotar en el aire, sino refrescante la presencia de las cédulas al reverso de los caballetes trasparentes: así la lectura de las obras no es condicionada por el conocimiento de su autor o de su época.

Brasil —ha vuelto a quedarnos claro en las últimas semanas— es un país desmesurado. Desmesurada la corrupción en la esfera pública, como han demostrado los recientes escándalos de tráfico de influencias entre Petrobras y cuadros emanados del gobernante Partido del Trabajo. Desmesurado el descontento popular que ha llevado a millones a manifestarse contra el gobierno de Dilma Rousseff en particular y la clase política en general, mientras el país acusa una suerte de calma chicha: business as usual parecerían decir los comercios que funcionan como de costumbre, las oficinas en las que las labores siguen su curso habitual, el tránsito paulistano que desborda avenidas y viaductos como suele, lo que aparece, sin embargo, desmentido cada que me topo con un contingente de policías militares patrullando las calles, cada que leo un editorial pidiendo la renuncia de la presidenta.

Tal hubo de ser la tónica de mi visita a Sao Paulo la semana pasada, motivada por un empeño laboral (aunque no, debo aclarar, periodístico). Al disponer de una tarde libre el día de mi arribo, quise ir a conocer uno de los pocos museos importantes de la ciudad a los que no había acudido en mi anterior visita: el Museo de Arte de Sao Paulo (MASP), construido en 1968 a partir del proyecto de la arquitecta italobrasileña Lina Bo Bardi y reputado por una colección que abarca desde escultura antigua griega y china hasta pintura moderna de las más diversas latitudes, pero también por su edificio mismo, icono del modernismo brasileño e hito en la historia de la arquitectura brutalista. El museo se alza en la avenida Paulista, una de las más importantes de la ciudad y uno de sus muchos centros —otra vez la desmesura— financieros y culturales. Ahí fui a dar para toparme con una escena que no por políticamente previsible hubo de sorprenderme menos.

Casi frente al MASP se alza otro edificio emblemático de la avenida, que lo es ya solo por su estructura inesperadamente piramidal, concebida por el arquitecto Rino Levi a finales de los años setenta: es el que alberga la Federación de Industrias del Estado de Sao Paulo, organización que agrupa 133 cámaras industriales. Resulta que éste se ha volcado a manifestar el descontento de la clase empresarial con el gobierno, como evidencian los gigantescos patos inflables que pueblan su fachada, marcados con la leyenda "No vamos a pagar el pato", sentimiento que parece encontrar resonancia en una población que concentra sus protestas cotidianas en las inmediaciones y contribuye al ambiente carnavalesco con la venta —a solo 10 reales, unos 3 dólares— de efigies, también inflables, de Dilma y el ex presidente Lula, vestidos de presidiarios y rodeados de sacos de monedas, que los descontentos agitan a manera de pancartas durante las manifestaciones cotidianas en la Paulista. Justo ahora me toca una, tan copiosa como bien organizada: cada que un semáforo se pone en rojo, los peatones toman la calle, provistos de los muñecos infernales pero también de cornetas que hacen sonar, mientras los automovilistas tocan el claxon al ritmo de la consigna Fora Dilma. La policía militar se limita a vigilar que el orden se preserve. Todo resulta eminentemente civilizado —lo que se agradece en un país que ha vivido tantas dictaduras represoras a lo largo de su historia— pero se combina con la presencia de los tantos desamparados —los sim teito, que duermen a la intemperie, al pie de los grandes edificios— para acusar una preocupante inestabilidad política y social.

Contemplo durante una buena media hora el espectáculo callejero, a un tiempo estimulante y deprimente, antes de entrar al imponente museo, donde me aguarda una sorpresa: hasta 1996, la planta principal del MASP consistía de una sola, enorme, sala, que no solía ser subdividida por mamparas, como ocurre en la mayoría de los espacios expositivos, sino que se ofrecía como espacio abierto donde los cuadros eran adosados a caballetes de vidrio transparente pertrechados en cubos de mármol, de tal suerte a no imponer al visitante una visión curatorial sino a permitir su libre tránsito por la colección.

Tras dos décadas de subversión de la visión museológica original, el MASP acaba de restituirla, lo que me permite conocer el museo tal como lo concibiera Bo Bardi. No solo es hermosa la apariencia de esos cuadros —hay Boscos, Goyas, Rembrandts, Degas, Riveras— que parecen flotar en el aire sino refrescante la presencia de las cédulas no al pie sino al reverso de los caballetes trasparentes: la lectura de las obras no aparece, pues, condicionada por el conocimiento de su autor o de su época. La genialidad estriba, pues, en haber dado al espacio museístico un verdadero nuevo relato.

Sirva de inspiración al país todo, que tanto lo necesita hoy.

B

 

rasil —ha vuelto a quedarnosclaro en las últimas semanas— es un país desmesurado. Desmesurada la corrupciónen la esfera pública, como han demostrado los recientes escándalos de tráficode influencias entre Petrobras y cuadros emanados del gobernante Partido del Trabajo.Desmesurado el descontento popular que ha llevado a millones a manifestarsecontra el gobierno de Dilma Rousseff en particular y la clase política engeneral, mientras el país acusa una suerte de calma chicha: business as usualparecerían decir los comercios que funcionan como de costumbre, las oficinas enlas que las labores siguen su curso habitual, el tránsito paulistano quedesborda avenidas y viaductos como suele, lo que aparece, sin embargo,desmentido cada que me topo con un contingente de policías militarespatrullando las calles, cada que leo un editorial pidiendo la renuncia de lapresidenta.

 

Tal hubo de ser la tónica de mivisita a Sao Paulo la semana pasada, motivada por un empeño laboral (aunque no,debo aclarar, periodístico). Al disponer de una tarde libre el día de miarribo, quise ir a conocer uno de los pocos museos importantes de la ciudad alos que no había acudido en mi anterior visita: el Museo de Arte de Sao Paulo(MASP), construido en 1968 a partir del proyecto de la arquitecta italobrasileñaLina Bo Bardi y reputado por una colección que abarca desde escultura antiguagriega y china hasta pintura moderna de las más diversas latitudes, perotambién por su edificio mismo, icono del modernismo brasileño e hito en lahistoria de la arquitectura brutalista. El museo se alza en la avenidaPaulista, una de las más importantes de la ciudad y uno de sus muchos centros—otra vez la desmesura— financieros y culturales. Ahí fui a dar para toparmecon una escena que no por políticamente previsible hubo de sorprenderme menos.

 

Casifrente al MASP se alza otro edificio emblemático de la avenida, que lo es yasolo por su estructura inesperadamente piramidal, concebida por el arquitectoRino Levi a finales de los años setenta: es el que alberga la Federación deIndustrias del Estado de Sao Paulo, organización que agrupa 133 cámarasindustriales. Resulta que éste se ha volcado a manifestar el descontento de laclase empresarial con el gobierno, como evidencian los gigantescos patosinflables que pueblan su fachada, marcados con la leyenda “No vamos a pagar elpato”, sentimiento que parece encontrar resonancia en una población queconcentra sus protestas cotidianas en las inmediaciones y contribuye alambiente carnavalesco con la venta —a solo 10 reales, unos 3 dólares— deefigies, también inflables, de Dilma y el ex presidente Lula, vestidos depresidiarios y rodeados de sacos de monedas, que los descontentos agitan amanera de pancartas durante las manifestaciones cotidianas en la Paulista.Justo ahora me toca una, tan copiosa como bien organizada: cada que un semáforose pone en rojo, los peatones toman la calle, provistos de los muñecosinfernales pero también de cornetas que hacen sonar, mientras losautomovilistas tocan el claxon al ritmo de la consigna Fora Dilma. La policíamilitar se limita a vigilar que el orden se preserve. Todo resultaeminentemente civilizado —lo que se agradece en un país que ha vivido tantasdictaduras represoras a lo largo de su historia— pero se combina con lapresencia de los tantos desamparados —los sim teito, que duermen a laintemperie, al pie de los grandes edificios— para acusar una preocupanteinestabilidad política y social.

 

Contemplo durante una buena mediahora el espectáculo callejero, a un tiempo estimulante y deprimente, antes deentrar al imponente museo, donde me aguarda una sorpresa: hasta 1996, la plantaprincipal del MASP consistía de una sola, enorme, sala, que no solía sersubdividida por mamparas, como ocurre en la mayoría de los espacios expositivos,sino que se ofrecía como espacio abierto donde los cuadros eran adosados acaballetes de vidrio transparente pertrechados en cubos de mármol, de talsuerte a no imponer al visitante una visión curatorial sino a permitir su libretránsito por la colección.

 

Trasdos décadas de subversión de la visión museológica original, el MASP acaba derestituirla, lo que me permite conocer el museo tal como lo concibiera BoBardi. No solo es hermosa la apariencia de esos cuadros —hay Boscos, Goyas,Rembrandts, Degas, Riveras— que parecen flotar en el aire sino refrescante lapresencia de las cédulas no al pie sino al reverso de los caballetestrasparentes: la lectura de las obras no aparece, pues, condicionada por elconocimiento de su autor o de su época. La genialidad estriba, pues, en haberdado al espacio museístico un verdadero nuevo relato.

 

Sirva de inspiraciónal país todo, que tanto lo necesita hoy. m