Fuera de Registro

Bendita mentira

Mi mujer y yo vimos tres películas: la primera nos pareció meramente correcta, la segunda nos conflictuó enormemente, la tercera nos encantó; en mi caso, además, me hicieron derivar en una reflexión sobre el realismo cinematográfico.

Mi mujer y yo decidimos el pasado fin de semana ponernos un atracón cinematográfico, equivalente fílmico del binge viewing que tantas parejas conceden a las series televisivas, sólo que no en la sala de nuestra casa sino en las de un cine. Vimos, pues, tres películas: la primera nos pareció meramente correcta, la segunda nos conflictuó enormemente, la tercera nos encantó; en mi caso, además, me hicieron derivar en una reflexión sobre el realismo cinematográfico, que comparto aquí.

De las tres, sólo una está, como suele consignar la ñoña literatura publicitaria, “basada en una historia real”. Dado que estoy casado con una de esas mujeres que experimentan una admiración militante por las capacidades de Angelina Jolie para adoptar huérfanos multiculturales, parirles hermanos, destruir hogares, encarnar a villanas de caricatura, pilotear aviones, conferir relevancia política (y hasta cachet erótico) a su práctica de la medicina preventiva y lucir Valentinos, todo de manera simultánea y con extrema solvencia, fui arrastrado a ver su segunda cinta como directora —y la primera que se estrena en México—, Inquebrantable, basada en la historia del corredor olímpico italoamericano Louis Zamperini, quien sobreviviera no sólo a 47 días de naufragio sino a más de dos años de vejaciones como prisionero en un campo japonés, al que fuera a recalar en la Segunda Guerra Mundial. Para dárselas de tan transgresora, Jolie ha filmado una película en extremo convencional, por turnos edificante y reiterativa. Tras un breve flirteo adolescente con la delincuencia juvenil, su Zamperini deviene Héroe con H de huevos pero también de hierático, mascarón de proa en efecto inquebrantable, es decir estático. Privada su trama de intriga —¿qué otra cosa puede hacer un prisionero de guerra más que sufrir, confiar y esperar?—, Jolie nos machaca una y otra vez la absoluta inquina del jefe de los captores, por oposición al estoicismo y la gallardía de su personaje principal, subrayadas por una partitura demasiado didáctica, firmada por un Alexandre Desplat irreconociblemente épico. Ninguna novedad en el realismo de la directora, pues: su rebanada de vida aparece adornada con todas las fruslerías Chantilly propias del Hollywood contemporáneo, siempre satisfactorias, siempre un pelín indigestas.

La Boyhood de Richard Linklater se propone subvertir tan inverosímil realismo al llevar al extremo una noción ya cultivada en su trilogía integrada por Before Sunrise,Before Sunset y Before Midnight: si en aquellas sigue a los mismos personajes —encarnados por los mismos actores— a lo largo de 18 años, en ésta comprime 12 (lo de comprime es un decir: dura casi tres horas) para contar una historia filmada a todo lo largo. El concepto —una suerte de time lapse humano— funcionaría si el director no quedará atrapado en su engolosinamiento con su propia idea: ya que hemos de atestiguar, en efecto, la lenta y banal mutación física de los actores —un amigo dice que en realidad Boyhood trata de cómo Patricia Arquette pasó de reinita cachonda a gordita simpaticona—, Linklater se siente obligado a mostrar también el devenir vital de sus personajes en su infinita banalidad y lentitud, como si quisiera presumir de no estar manipulándonos con historias inventadas sino presentándonos la vida misma. He aquí, sin embargo, que Boyhood es claramente un constructo y, como todos, manipulador —trufado de escenas pensadas para conmover—, lo que no me molestaría en lo más mínimo (desde Nanuk, el esquimal sabemos que toda narrativa, aun una documental, lo es) si, en aras de su pretendido realismo, Linklater no hubiera hecho una película tan mortalmente aburrida, casi como El espejo pero sin hondura intelectual. (¡Regresa, Tarkovski, todo está perdonado!)

Lo cual deja, por mucho, como la mejor película de las tres Las oscuras primaveras del mexicano Ernesto Contreras. Como Boyhood, es una de esas historias en que pasa poco, y lo poco que pasa es poco espectacular: un hombre (José María Yazpik) y una mujer (Irene Azuela) se enculan, se sienten culpables, hacen poco, pero en el camino de su obsesión acaban de joder —y cuánto— la relación de él con su esposa (Cecilia Suárez), de ella con su hijo (Hayden Meyenberg). Como en Párpados Azules, el director se revela contenido y aséptico narrador de lo que pasa cuando no pasa nada. Coincidencias, caprichos, actos irreflexivos, la vida misma conspiran en su trama para producir el advenimiento de la tragedia, banal como en Boyhood, doliente como en Inquebrantable, pero por una vez poderosamente conmovedora. Y es que Contreras comprende lo que al parecer Jolie y Linklater no. Que el realismo es un artificio: acaso el mayor —a veces el mejor— de todos.