Fuera de Registro

Aunque Baricco se vista de "Seda"…

Me lo habían recomendado como ensayista, y acercarme a "Los bárbaros" me lo reveló conversador a un tiempo riguroso y erudito, de una lucidez deslumbrante y una fluidez endemoniada: una buena sorpresa, pues, pero no una que lo vindicara como narrador a mis ojos.

Lo confieso. Fue por snob. Por trepa. Por no poder resistirme al prestigio de compartir la mesa con el escritor de fama internacional en la feria del libro más importante del mundo de habla hispana, y aun ante un público de mil jóvenes. (De esto último —profundizaré en el descaro— lo que me entusiasmaba no era que fueran jóvenes —conforme envejezco mi actitud ante tal capa de la población va pasando de la apatía al resentimiento— sino que fueran mil; cuantificación del auditorio: vicio que se adquiere haciendo televisión.) Así, accedí a la generosa invitación de su editorial en lengua española aun si, para ser franco, se trataba de un escritor que nunca me había gustado. Por puro prejuicio, sí, pero bien fundamentado: Seda, la única novela de Alessandro Baricco que había leído al momento de dar mi respuesta afirmativa, me parecía (y sigue pareciéndome) de una delicadeza insoportable, rayana en la cursilería, cuantimás por el giro sorpresivo y chantajista que da la trama (dizque amorosísima ésta) al final. Por esa sola novela, juzgaba a Baricco un autor de literatura para señoritas (y entiéndase por ello que lo ubicaba en un registro más próximo a Louisa May Alcott que a Colette).

Pero a fin de cuentas era Alessandro Baricco. Premio Médicis Extranjero y Premio Viareggio. Y fundador de uno de los escasos proyectos educativos que me han llevado a anhelar esa juventud que en su momento nunca valoré y esa vida de estudiante a la que jamás lograra acostumbrarme entonces: la Scuola Holden, asentada en su natal Turín, llamada así en honor al protagonista de El guardián en el centeno de Salinger —nueva confesión: el referente me parece también un pelitín cursi, redolente, como es, de mezcla de idealismo con Angst adolescente— y donde, con una currícula ecléctica y erudita y en tono lúdico, se enseña a narrar en cualquier lenguaje, del literario al cinematográfico pero también del publicitario al de los videojuegos pasando por el teatral. Una vez dado el sí, sin embargo, tenía yo una enorme asignatura pendiente, y muy poco tiempo para desahogarla: debía ponerme a leer a Baricco más allá de Seda, y debía hacerlo en pocas semanas.

Había escuchado buenos comentarios de su Homero, Iliada, y decidí comenzar por él; diré que, si bien el ejercicio me pareció encomiable —reescribir la épica homérica con múltiples voces narrativas, en un lenguaje contemporáneo y omitiendo las intervenciones divinas—, también me resultó un poco frívolo: más un juguete técnico disfrazado de experimento formal y encauzado a la divulgación que una verdadera empresa literaria. También me lo habían recomendado como ensayista, y acercarme a Los bárbaros me lo reveló conversador a un tiempo riguroso y erudito, de una lucidez deslumbrante y una fluidez endemoniada: una buena sorpresa, pues, pero no una que lo vindicara como narrador a mis ojos. Presionado por el tiempo, elegí entonces su novela más reciente, un delgado volumen titulado Tres veces el amanecer, ya solo por considerar que sería referente obligado de nuestra conversación pública. Para mi sorpresa, me gustó y mucho. No solo por su ingeniosa premisa —dos personajes (un hombre y una mujer, siempre los mismos dos) se encuentran a distintas edades pero en distintos planos temporales (en el primer capítulo son cuarentones; en el segundo él es un anciano y ella una adolescente; en el tercero es ella la vieja y él un rapaz)— sino por la concatenación de los tiempos —cada uno de los personajes incide o incidirá sobre la vida del otro en forma lineal—, mecanismo de relojería que redunda en una reflexión sobre el tiempo como constructo y como fatalidad que arroja a los mismos abismos que Borges o que Eliot, solo que —y lo digo aquí de la manera más elogiosa— con la mayor de las sans façons.

En la nota introductoria de Tres veces el amanecer, leí que Baricco había inventado ese libro dentro de otro libro: su anterior, Mr. Gwyn, y que su redacción derivaba de un impulso a liberarlo del anaquel de los que nunca existieron; así, acometí de aquella lectura, y quedé deslumbrado. El señor Gwyn de marras es un escritor hastiado de narrar, que decide abandonar la novela por el retrato, que no la descripción. Entonces descubre —pero el que lo descubre es Baricco, y nos hace descubrirlo— que retratar a un ser humano no es describir un personaje sino contar una historia que incluye varios: cada uno de nosotros es, si no una novela, sí un fragmento de una, con su situación y su entorno y su multiplicidad de voces internas que discuten y se contradicen y se aman y se hacen daño.

Fue un privilegio leer Mr. Gwyn. Y un honor inmerecido discutirla con su autor.