Fuera de Registro

Automortificación

El arte de Kusama resulta espectacular; la gran mayoría del público que nunca ha asistido a una exposición de arte —y acaso no volverá a asistir— no se interesará "más que por el relumbrón", y no guardará de la experiencia más que la alegría vacua…

Uno de los libros que más cito es también uno de los que más me irrita: El estilo del mundo de Vicente Verdú. Cuando digo que me irrita, lo hago como homenaje. Si bien discrepo con muchas de sus ideas a propósito de las sociedades contemporáneas, lo cierto es que se trata de ideas apenas ideologizadas y, en cambio, enormemente inteligentes, lectura catastrofista pero no por ello menos lúcida del mundo en que vivimos.

Para el español nuestro presente no sería sino puro estilo, forma sin fondo. La idea no es nueva: ya veinte años antes de la aparición del libro de marras —que data de 2003— la anticipaba Gilles Lipovetsky en su Era del vacío. La diferencia entre ambos autores estribará entonces no en el diagnóstico —que es idéntico— sino en la reacción a él: mientras Lipovetsky (autor al que me siento mucho más cercano) entiende el hiperindividualismo, la propensión de toda forma cultural al entretenimiento y a la moda y la concomitante frivolidad como signo de los tiempos con consecuencias funestas pero también felices (combatirían el pensamiento único, mitigarían lo pernicioso de las certezas utópicas, señalarían el advenimiento de tiempos más democráticos y libertarios), Verdú ve en ello no sólo el fin de la Historia sino también el de la Cultura, que describe como un fenómeno de museificación del mundo: todo dispuesto para ser exhibido, para entretener, nada para reflexionar.

La apocalíptica visión de Verdú me vino a la cabeza —con todo y mis viejas coincidencias y discrepancias con ella— hace unos días mientras pasaba en automóvil frente al Museo Tamayo justo el domingo de clausura maratónica —36 horas de apertura ininterrumpida— de la exposición Obsesión infinita de la artista japonesa Yayoi Kusama, acaso la exhibición de arte contemporáneo más exitosa que se haya presentado en nuestro país, una que concitó un entusiasmo tal entre los habitantes de la ciudad de México que se volvió costumbre ver largas filas hasta la acera del museo, sembradas de entusiastas por asistir al espectáculo.

No es casualidad que haya yo empleado esta última palabra: la exhibición de Kusama, en efecto, lo fue, lo cual habría de hacer a un tiempo mucho bien y flaco favor a la obra de la artista. Primero, una aclaración: Yayoi Kusama no es Gregory Colbert —ese tránsfuga de Lindolandia— ni Spencer Tunick —ese epígono de DeMille por vía del burlesque. Su arte resulta maniaco, obsesivo, visceral, perturbador, amenazante. Así sus cuadros, así sus esculturas, así sus instalaciones, así sobre todo su compulsión a la repetición —lo sé: me estoy poniendo psicoanalítico— y el espejo que alza ante nuestro talante enajenado. Pero también es cierto que, en esas instalaciones inmersivas —en que la luz y el color juegan un papel preponderante— el arte de Kusama resulta, sin dejar de ser todo eso, espectacular, y que se antoja enormemente tentador dejarse llevar por el relumbrón. Peor: que la gran mayoría del público que nunca ha asistido a una exposición de arte —y acaso no volverá a asistir— no se interesará más que por el relumbrón, que el resto del discurso le pasara la noche y no guardará de la experiencia más que la alegría vacua, difusa y evanescente de quien ha visitado una atracción de feria.

Hace ya más de una semana de la clausura de Obsesión infinita. Me devuelve al tema, sin embargo, el hecho de haber terminado de editar hace apenas una hora una entrevista televisiva que hiciera yo al artista británico Michael Landy, cuya exposición Santos vivientes se exhibe actualmente en el Antiguo Colegio de San Ildefonso. La muestra consta de una serie de esculturas mecanizadas que representan imágenes de Santos entregados a la automortificación en aras de la fe. Aunque con cifras menos deslumbrantes que las de Kusama, la exhibición parece tener éxito. Pero otra vez ese éxito se antoja heredero del gusto de un público infantilizado, ahora por lo que se mueve solo, por el gesto del objeto sin importar el del sujeto (es decir el del artista).

Santos vivientes me perturbó profundamente: me recordó que sólo una máquina perfecta es capaz de la ignominia de volverse contra sí misma en aras de una salvación que no es sino promesa, lo que me parece terrible. Pero eso no es lo que parece provocar en las familias que pasean despreocupadas por San Ildefonso accionando pedales y palancas, apretando botoncitos. Landy lo concede cuando me dice “Algunos las verán sólo como una atracción de feria, pero eso no me molesta. No estoy aquí para decirle a la gente con que debe salir de aquí, a no ser con una camiseta”.

La formulación es cínica pero le asiste razón. Aspirar a un público adulto supone tratarlo como adulto. Y ello conlleva, me temo, su derecho a no entender.