Fuera de Registro

¿Asunto, joven?

De todo lo hablado y escuchado y pensado en Salzburgo, me queda esa pregunta. ¿Puede el arte seguir siendo arte —transgresor, perturbador, conmovedor, único— y al mismo tiempo servir a un propósito social sin por ello devenir material educativo o, peor, propaganda?

Confesaré que la propuesta me hizo sonreír: ¿querría yo participar, en representación de México, en un foro de Jóvenes Innovadores Culturales en Salzburgo? La desmenucé de atrás para adelante. A Salzburgo siempre había querido ir. “Cultural” es una etiqueta que, aunque pretenciosilla, me viene bien: a fin de cuentas escribo —teatro y ensayo literario—, soy periodista cultural en medios impresos y electrónicos, produzco teatro y programas de televisión a los que el apelativo conviene. ¿”Innovador”? Bueno, favorzote que me hacía Juan Pardinas, quien planteaba mi candidatura, pero supongo que eso puede llegar a decirse de alguien que ha escrito una obra de teatro con acompañamiento olfativo, que ha producido programas de televisión sobre literatura en que no convergen escritores en torno a una mesa o que de cuando en cuando cita a Nietzsche (que no al Grupo Niche) en El Canal de las Estrellas. ¿Pero “Joven”? ¿A escaso medio año de cumplir los 40? Si bien nunca ha sido ése un adjetivo que considere particularmente aplicable a mi persona —ni siquiera cuando en verdad lo era, en mis 20—, asumí que la frontera de la juventud se erigía justo en el inicio de la cuarta década, me congratulé de pasar de panzazo y acepté agradecido y entusiasmado.

Ahora sé que fui a Salzburgo para constatar que ya no lo soy. Y no sólo porque, una vez aceptada mi candidatura, descubrí que rebasaba yo la edad sugerida —entre 25 y 35, rango en que se situaba la mayoría de los participantes— no sólo en términos cronológicos sino mentales y acaso curriculares. Me descubrí, pues, profesionalmente maduro —mi currículum se reveló más largo que el de la mayor parte de mis compañeros— pero intelectualmente rígido, reticente ya a cambiar muchas de las cosas que pienso sobre la cultura y sus usos. Fue, sin embargo, un ejercicio vivificante, ya sólo porque me permitió no mutar sino comprender —cosa que a mi edad se agradece más— y me dotó de herramientas para dialogar con la generación que, en términos de innovación cultural, a punto esta de dejar a la mía en la lona. Y para atestiguar que, en el mundo global del que se ocupa el Salzburg Global Seminar —tal era la institución convocante—, es más lo que une a quienes trabajamos en la cultura que lo que nos separa.

Fueron cuatro días y medio dedicados a abordar el trabajo cultural desde múltiples perspectivas, guiados por conferenciantes y talleristas de excepción, venidos de todos los rincones del mundo —de Buenos Aires a Berlín, de Tokio a Chicago, y muchísimos de Londres— a obligarnos a pensar nuestro trabajo y a pensarnos. Alguno nos acusó de estar obsesionados con la búsqueda de financiamiento —y la verdad es que la razón le asistía, aun si el pasto es siempre más verde en esa Albión no pérfida pero sí próspera—, lo que nos llevó a discutir sus modelos: el dinero público —mucho mejor gestionado en México que en otras latitudes, por lo que pude ver—, los donativos privados —dolorosamente ausentes en nuestra cultura empresarial, me vi forzado a admitir—, ese crowd-funding que a mí se me figura inescrutable (e inaccesible) no sólo en virtud de mi edad sino —¡ay!— de mi nacionalidad. La mejor de las discusiones en la que me tocó en suerte participar, sin embargo, fue la que giró en torno a los usos y las motivaciones del arte, en la que la intransigencia de mi postura me hizo sentir a un tiempo superior e inferior a quienes vienen a mi zaga generacional: superior porque creo mi visión del arte más noble —para mí, se debe sólo a sí mismo, surge de cuestionamientos intelectuales y/o emocionales estrictamente individuales y profundos, es amoral en su origen y, sin embargo, tiene la muy moral capacidad de trastocar la vida del espectador e incidir sobre él—, inferior porque la reconozco elitista y ayuna de compromiso social comparada con la de esos jóvenes de todo el mundo que ven en el arte (mero) instrumento para la noble tarea de transformar la sociedad (y por tanto a los individuos, aunque en segunda instancia) a través de su concepción como agente de cambio.

De todo lo hablado y escuchado y pensado en Salzburgo, me queda esa pregunta. ¿Hay manera de conciliar las dos visiones? ¿Puede el arte seguir siendo arte —transgresor, perturbador, conmovedor, único— y al mismo tiempo servir a un propósito social sin por ello devenir material educativo o, peor, propaganda? No tengo aún una respuesta pero confesaré que la pregunta sigue rondándome, que orientará mis lecturas y mi ejercicio de ahora en adelante, que me hará pensar. Y eso, dicen, es cosa que ayuda a recuperar la juventud perdida: si no a abolir el tiempo si a reducirlo a coordenada, a superarlo.