Fuera de Registro

Arquitecto de su propio destino

Hernández Quintela se asume arquitecto de su propio destino por el solo hecho de caminar con conciencia y a conciencia, y nos invita a sumarnos al proyecto. Su "Guía para la navegación urbana" se antoja, "a priori", libro extravagante que lo lleva a pasar (y a pasear) por la música, el cine y la literatura.

Lo he visto exactamente una vez en mi vida, y nuestro encuentro no debe haber durado más de cinco minutos. Él hizo lo que hace la gente bien nacida cuando la felicita uno a la salida de una conferencia: agradecer ruborizado el elogio, desviar la conversación al trabajo de un tercero y, al despedirnos, regalarme un ejemplar de un libro de su autoría, cuyo título no demasiado seductor —Guía para la navegación urbana, editado por la Universidad Iberoamericana— me llevó a arrumbarlo en el librero. Hasta hace muy pocos días en que, deseoso de un libro ligero en todos los sentidos (iba a leerlo en el Metro), y divertido por la pertinencia del título (iba a leerlo en el Metro), decidí darle una oportunidad.

El autor se llama Iván Hernández Quintela y es arquitecto, como que imparte clases de esa materia en la universidad que le editara el libro, y como que encabeza un taller llamado Ludens, dedicado a la producción de mobiliario urbano que aporta un sentido lúdico al paisaje (así, por ejemplo, unas estructuras circulares que lo mismo pueden servir de asiento que de improvisado carrusel). En este libro, sin embargo, no se ocupa de la arquitectura de los edificios y los objetos sino, de la manera más literal posible, de la de su propio destino.

(La frase es uno de las más cursis lugares posibles y, sin embargo, resulta en extremo pertinente; por eso me permitiré explicarla a continuación, y en primera persona:)

En unas semanas cumpliré 40 años, lo que quiere decir muchas cosas: que debería empezar a pensar en contratar un plan funerario; que es momento de trabajar como una bestia, de ocuparse de viejos y jóvenes, de soportar el peso y la presión; pero también —y no me dejará mentir ningún nacido en los 70— que nací con ruedas, y que he dedicado los últimos diez años de mi vida a tratar de quitármelas. Me explico.

A diferencia de muchos de mis amigos de la infancia, yo no crecí en uno de esos suburbios de la modernidad. Los primeros 23 años de mi vida transcurrieron en la colonia Polanco, ya para el 1975 de mi nacimiento una de las más céntricas de la ciudad, sembrada de árboles y trufada de camellones, bien pavimentada, y muy poco después de mi nacimiento dotada no de una sino de dos estaciones de Metro. Y, sin embargo, todo lo hacíamos en automóvil: lo usábamos para ir a la escuela y al trabajo, al mercado y al supermercado, al pan y a las tortillas. Así, entre mis 23 y mis, digamos, 33 seguí viviendo de acuerdo al ejemplo de mi familia, no sólo contribuyendo casi a cada minuto de mi vigilia al tránsito desaforado, al ruido infernal y a la polución sofocante sino, peor, privándome de ese más refinado, más remolón y más baudelairiano de todos los placeres: caminar. O sea pasear. Es decir flâner.

Postulo aquí con todas sus letras algo implícito en el libro de Hernández Quintela: en la ciudad, sólo el flâneur —el peatón de mirada atenta y talante distraído— es arquitecto de su propio destino, sólo él tiene el control de su ruta (es decir de su navegación). Y no sólo porque marchas, obras y embotellamientos con frecuencia nos desvían de nuestro curso sino porque, aun cuando podamos mantener el timón, la excesiva concentración en esa maniobra nos distrae justo de lo que nos rodea, y el camino deviene ya no nuestro sino de lo que debía ser vehículo pero ha mudado en sujeto, desplazándonos.

Hernández Quintela se asume, pues, arquitecto de su propio destino por el solo hecho de caminar con conciencia y a conciencia, y nos invita a sumarnos al proyecto. Su Guía para la navegación urbana se antoja, a priori, libro extravagante, desde que, a partir de una curiosidad cultural ecuménica, que lo lleva a pasar (y a pasear) por la música, el cine y la literatura, el autor recluta a Georges Perec y a David Hockney, a John Cage y a Lewis Carroll, a Peter Greenaway y a Michelangelo Antonioni para proponernos paseos por la ciudad —ésta u otra: la ciudad como abstracción, La Ciudad como Texto—, a la manera de alguna de sus obras, es decir sirviéndonos de sus miradas hiperatentas para espabilar la nuestra, atrofiada por la apatía de nuestros pies.

Los ejercicios paseantes, que contemplan siempre cámaras fotográficas o de video, se antojan divertidos, vivificantes y a veces demasiado complejos. La importancia, sin embargo, estriba no en ejecutarlos sino en leerlos. Y es que, fiel al epígrafe glosado de Alessandro Baricco que ha elegido, Hernández Quintela ha escrito su libro no sólo como un viajepara caminantes pacientes sino como uno que hace al viajero mudar en ese caminante paciente en el acto. Si logra que su lector se mueva por la ciudad con la holgura, la comodidad y el placer a que invita su libro, habrá logrado su cometido.