Fuera de Registro

Armas de construcción masiva

Si Ken Adam ha pasado a la historia del cine es, sobre todo, como creador de los sets elefantiásicos donde moran los villanos de las películas de la serie James Bond.

Antes que Industrial Light & Magic estuvo Ken Adam. Antes de que el cine dejara de ser cine para convertirse en algoritmos programados por computadora, antes de que los héroes de las películas de acción se vieran obligados a vivir en un eterno limbo verde, condenados a orientarse en un entorno puramente especulativo (si no es que fantasmal), concebido sólo para nuestros ojos pero no para su cuerpo y por tanto no para sus movimientos, el diseñador de producción germanobritánico fallecido el pasado jueves imaginó entornos que, más allá de deslumbrarnos, se permitieron contribuir a la construcción de los personajes asaz megalómanos que los habitaban. El Doctor No, Goldfinger, Largo, Blofeld, Stromberg, Hugo Drax pueden ser definidos en gran medida a partir de las características y los afanes desmesurados de esos entornos que son guarida pero que también fungen como observatorio y base militar para la dominación mundial (o, en el último caso, universal), como pueden serlo el Doctor Insólito de Stanley Kubrick y su jefe, el presidente Merkin Muffley, jugadores de póker en una partida en la que, más que perder, la casa (de todos) se pierde. Lo que es más, a partir de esas escenografías descomunales y delirantes, marca de fábrica de un Adam que ha de vivir por siempre asociado a los años de Guerra Fría que fueron los de su apogeo —no en vano la retrospectiva que dedicara a su trabajo el londinense museo Victoria & Albert habría de llevar por título Cold War Modern— es posible también cifrar los peculiares códigos del contexto frigibélico.

Germanobritánico he dicho de nuestro personaje: porque, aunque bastión de la industria fílmica del Reino Unido y avecindado en su capital desde los 13 años, Adam vería la luz en Berlín, en el seno de una familia judía. Como tantos, los Adam se vieron obligados a dejar Alemania tras el advenimiento del Tercer Reich. Resulta, sin embargo, concebible imaginar al jovencísimo Klaus impactado por la megalomanía arquitectónica de ese país nazificado en el que habría de pasar todavía su pubertad, aterrado pero también culpígenamente seducido por los decorados concebidos —por un Albert Speer de inspiración tan teatral como militar— para mayor culto y gloria del Führer pero también, y de manera concomitante, para apabullar (si no es que apachurrar) a quien osara mirarlos.

Si Adam ha pasado a la historia del cine —y acaso sea el más celebrado diseñador de producción de todos los tiempos— es, sobre todo, como creador de los sets elefantiásicos donde moran los ya citados villanos de las películas de la serie James Bond. Pensados para azorar —el brillo cegador del oro apilado en el Fort Knox imaginario de Goldfinger, la doble proeza de ingeniería del refugio subacuático de Thunderball y de la estructura de plano anfibia (acaso la más espectacular de todas) de La espía que me amó, el futurismo descarado de la plataforma espacial de Moonraker—, su espíritu se antoja justo heredero del de aquellos grandes escenarios de mítines fascistas, tanto como del de los monumentos autocelebratorios de ese y otros totalitarismos. Inevitablemente fálicos, los grandes sets desde donde traman sus mezquinos apocalipsis los enemigos del 007 son, de hecho, las armas con que libran las batallas de una Guerra Fría que no se antojaba ya desde entonces más que una sucesión alternada de bravatas, no demasiado distinta de una competencia pueril por ver quien la tiene (la reata, la bomba atómica, la guarida submarina, lo mismo da) más grande. Si la Guerra Fría ha de ser la secuela desesperante (y desesperanzadora) de la Segunda Guerra Mundial, las fantasías arquitectónicas militarizadas de los villanos Bond serán no sólo segundo acto del delirio fascista sino metáfora de un combate librado a punta de gestos y no de actos.

No sorprende entonces que, en efecto, Stanley Kubrick haya reclutado a Adam para una Dr. Strangelove caricaturesca, filmada apenas dos años después de esa Dr. No que constituiría el primer avatar cinematográfico de 007 y que más de un crítico hubo de calificar justo con ese adjetivo. Empeñado en hacer una sátira grotesca del contexto político internacional ante la amenaza nuclear, Kubrick le pidió imaginar el War Room del presidente de los Estados Unidos como la más desbordada mesa de póker imaginable, una en la que el poder político y el militar se jugaban el futuro de la especie humana con la misma sans façon que Le Chiffre apostaba al baccarat en Casino Royale. Los sets de Ken Adam fueron, pues, no armas de destrucción sino de construcción masiva: la de un imaginario de la modernidad que todavía nos acompaña, que nos recuerda lo peor pero también lo mejor de que somos capaces, redimidos en nuestra capacidad para imaginar.