Fuera de Registro

40 y 80

diré que fuimos a oír a Woody Allen, que incluso lo vimos, pero que nunca llegamos a compartir un espacio con él; muy distinta fue la experiencia que vivimos días después con Enrique Olvera, cocinero mítico, que nos presumió su nuevo libro y su nueva receta...

No tengo Facebook no porque la gente me disguste sino porque me gusta demasiado: es tanto lo que espero de la relación con el otro que no podría darme por satisfecho con las interacciones epidérmicas (peor: ni eso) que (dicen) se producen ahí. Pero mi mujer —que es psicoanalista por lo que, supongo, termina agotada por sus demasiados encuentros uno a uno para hablar de cosas intensísimas— sí que lo tiene, lo que me resulta de gran utilidad en tanto herramienta estadística poco científica pero asaz reveladora. Por lo que me cuenta de sus interacciones en esos pagos, cumplir años —acaba de hacerlo— lo vuelve a uno muy popular pero no tanto como compartir cuatro paredes durante dos horas con Woody Allen. Que fue exactamente lo que hicimos el lunes de la semana pasada cuando, como parte de los festejos de mi mujer, acudimos a escucharlo tocar el clarinete con la Eddy Davis New Orleans Jazz Band en el Café Carlyle del hotel neoyorquino del mismo nombre.

Eunice dice que Allen es uno de los peores clarinetistas que ha escuchado y que la experiencia fue absolutamente inolvidable. La observación acusa la rara doble virtud de ser a un tiempo sincera e ingeniosa, pese a lo cual no podría estar más en desacuerdo con ella. La culpa ha de ser de los muchos años en que fungí como anfitrión de un programa televisivo de entrevistas y variedades pero lo cierto es que he escuchado a clarinetistas (y a instrumentistas en general) mucho menos solventes que éste: amateur dotado, Allen acusa una preocupante falta de aire al principio de la noche —lo que no le reprocharé a su avanzada edad— que sin embargo va cediendo conforme va calentando las vías respiratorias y soltándose, lo que lo lleva a tener un desempeño bastante encomiable —aun si en modo alguno inolvidable— para la segunda hora del concierto. No está, desde luego, a la altura de sus compañeros pero nadie pretende que lo esté: él mismo se ha declarado consciente de que el público va a verlo en virtud de su celebridad ("por lo mucho que disfrutan o lo mucho que detestan mis películas", dice, y dice bien; nota mental al margen: qué bien habría venido en Celebrity, la gran meditación alleniana sobre la fama en la mediosfera pletórica, un personaje basado en los devaneos musicales de su director) y capitaliza esto en un afán por dar a conocer un repertorio de paleojazz (ninguna composición ejecutada tiene menos de un siglo) que bien merece esa difusión. También es de suponer que haga esto por divertirse —por bien que pague el Carlyle nadie cobra por tocar ante 100 parroquianos en un cabaret ni la centésima parte de lo que deja a la semana por concepto de regalías una cincuentena de películas— y ello es justo lo que me agria la experiencia: no parece el caso.

No se me malentienda: no espero —nadie en su sano juicio lo haría— que, en el escenario, Woody Allen sea una gallareta. No aspiro a que alterne cada pieza con una rutina de stand-up como las que lo dieran a conocer en los años 60, lo que a estas alturas le representaría demasiado trabajo. Pero sí me habría sentido con derecho a que siquiera en un momento empuñara el micrófono y nos regalara un chiste allenesco —a 235 dólares por boleto creo que nos lo merecíamos—, y reconociera nuestra existencia y la de sus compañeros, en vez de aparecer aislado y ensimismado, presente en el sonido correcto pero prescindible, en la efigie acaso inolvidable, pero no en el espíritu. Para tristeza de las amistades de Facebook de mi mujer diré que fuimos a oír a Woody Allen, que incluso lo vimos, pero que nunca llegamos a compartir un espacio con él.

Muy distinta fue la experiencia que vivimos días después con Enrique Olvera, cocinero mítico —el decimosexto mejor del mundo según la lista Pellegrino— y amigo entrañable al que hacía tiempo no veíamos, y que nos invitó a cenar a su restaurante Cosme, con el que hace un año ya que traslada no sólo su éxito sino su discurso a una de las capitales culinarias del mundo. Enrique se dijo cansado de
trabajar y de viajar, hastiado del ritmo de la vida neoyorquina. También nos compartió la inminencia de un nuevo proyecto neoyorquino y uno cubano, nos habló del paso de su adhesión a la cocina sabrosa a su adscripción a la comida sana, discutió con nosotros las transformaciones sociales y culturales que experimentan los hábitos alimentarios de estadunidenses y mexicanos, nos presumió su nuevo libro (editado por Phaidon) y su nueva receta (de tlayuda con ensalada). Para no estar ahí por diversión, para ni siquiera decirse divertido, se le veía radiante.

(También es cierto que Allen acaba de cumplir 80 años y Olvera 40. Pena de muerte al que no llegue a viejo, decía —en vida— mi abuelo).