Fuera de Registro

Abril en París

Jean-Jacques Pauvert y Gaby Aghion compartieron el interés por el cuerpo femenino, él por pensarlo desvestido; ella por verlo vestido. Él, leyenda del mundo francés de la edición; ella, señora rica que le gustaba el mercado vestimentario.

Compartieron nacionalidad: franceses ambos. Compartieron, si no el año, sí la década de nacimiento: los 20, les annéesfolles, años locos cuya locura a todas luces los marcara. Compartieron, azares del destino, fecha de muerte: el sábado pasado, él a los 88, ella a los 93. Comparten todavía —y este texto pretende contribuir a remediarlo en su modestísima medida siquiera en México— el desconocimiento casi universal de públicos allende el francés. Pero, de hecho, compartieron mucho más. El interés por el cuerpo femenino, de entrada: él por imaginarlo —corrijo: por pensarlo— desvestido; ella por verlo vestido.

Él es Jean-Jacques Pauvert, leyenda del mundo francés de la edición. Su currículum aparece iluminado con las luces áureas que corresponden a alguien de su talla —habría de publicar a Françoise Sagan, a Boris Vian, a André Breton, a Guy Débord; habría de descubrir y lanzar a la fama a no pocos escritores, entre ellos Albertine Sarrazin, Michel Bernard y Jean Carrière; habría de hacer vivir su segunda (y acaso mejor) época a Bizarre, revista de inspiración surrealista que constituye uno de los experimentos literarios más osados y provocadores de la historia, por el que desfilaran figuras que van del fundador del OuLiPo Raymond Queneau al poeta Ado Kyrou, pero también —como bien habría podido afirmar otro de sus autores, Georges Bataille— teñido del rosa y negro de esa orquídea que es el sexo femenino.

Hasta la semana pasada, Pauvert era conocido en Francia como “el más grande pornógrafo vivo”, mote a un tiempo pertinente e injusto. Porque, en efecto, bajo su nombre figuran algunos de los títulos de literatura erótica más perturbadores (y sicalípticos) que vieran la luz en la segunda mitad del siglo XX; pero también habrá que decir que su erotología —el término es de su cuño— reveló gusto y criterio, resultó inusitadamente reflexiva y, cosa inaudita para su tiempo, estrictamente pública y legal. Baste para demostrarlo su presentación en sociedad (¿en suciedad?): hasta 1949, la obra del Marqués de Sade —a quien años después habría de dedicar una extensa, bien documentada y literaria biografía, traducida al español por Tusquets— no circulaba en el mundo sino en volúmenes anónimos y clandestinos, con el concomitante descuido editorial. Con su edición de la Justine sadiana, orondamente impresa con su crédito de editor en portada, Pauvert habría de cambiar el juego, aun si su publicación de éste y otros títulos del falso Marqués —incluida La Nouvelle Juliette, versión integral hasta entonces poco conocida de su novela dedicada a los infortunios de la virtud— le costaría enfrentar casi una década de procesos judiciales. En ese camino (descarriado) publicaría la primera edición de la Historia de O de Pauline Réage (pseudónimo de la subdirectora de La Nouvelle Revue Française, Dominique Aury, que constituiría el texto inaugural de la literatura erótica escrita en femenino), así como la de El sexode la mujer, del doctor Gérard Zwang, ensayo médico pero también cultural sobre vulva y vagina. Del 1967 de su fecha de publicación al advenimiento de la revolución sexual no habrían mediar sino unos meses.

Es en ese mismo medio de burguesía ilustrada de izquierda, tan rive gauche, tan Saint Germain des Près, que se movia Gaby Aghion, cuyo marido era comunista, sí, pero tan acaudalado como para cumplirle el capricho de montar su propio negocio casero. A Aghion, señora rica, le gustaba la moda; percibía, sin embargo, demasiado rígidos los caprichos sartoriales de inspiración arquitectónica de Dior y de Balenciaga, identificaba un terreno virgen en el mercado vestimentario: debía existir, entre la producción industrial de ropa concebida para las masas y la puntillosa y prohibitiva alta costura, una opción intermedia, realizada en serie pero con corte esmerado y telas lujosas y fluidas, menos inclemente con el cuerpo y el bolsillo de la mujer moderna. En 1956, elegiría el Café de Flore, reducto de los intelectuales parisinos de la época, como sede del primer desfile de su marca, Chloé, y con ello acuñaría no sólo un término sino una noción que habría de transformar la industria de la moda: el prêt-à-porter, camino en el que muy pronto la seguirían diseñadores establecidos como Givenchy, jóvenes como Yves Saint Laurent y novísimos como ese Karl Lagerfeld al que descubriera en el taller de Patou y al que diera su primer gran oportunidad.

Era por esos años que se ponía una vez más de moda una canción estadunidense de 1932, revitalizada por una versión de Count Basie. No es de extrañar: era, en efecto, abril en el París de Jean-Jacques Pauvert y de Gaby Aghion. El Mayo Francés no tardaría.