Vuelta prohibida

La “virginidad” del Zócalo

La semana pasada se volvió una discusión pública el asunto de que durante el mensaje presidencial a propósito del segundo Informe de gobierno de Enrique Peña Nieto la plancha del Zócalo de la Ciudad de México se usó como estacionamiento temporal.

El hecho se dio por un inaceptable error de logística del gobierno federal: los estacionamientos y calles a espaldas del Palacio Nacional destinados a recibir los vehículos de los invitados al acto se saturaron y se tomó la decisión de colocar los excedentes sobre la Plaza de la Constitución.

A partir de ahí y a partir de las redes sociales, el tema circuló con el tono de un sacrilegio patrio y voces indignadas censuraron y condenaron el hecho. Las autoridades del Gobierno del Distrito Federal se desmarcaron, patearon el balón a la zona de la Presidencia de la República —cuyo Estado Mayor tiene bajo su control el Zócalo del 1 hasta al 16 de septiembre— y el vocero de Los Pinos, Eduardo Sánchez, remató el tiro ofreciendo una disculpa por el asunto.

Pero ya la cosa llegó al extremo cuando Héctor Serrano, secretario de Gobierno del GDF, montado en la ola de la “indignación”, anunció que todos los vehículos que fueron estacionados en la plancha del Zócalo serían multados y al día siguiente Jesús Rodríguez Almeida, secretario de Seguridad Pública capitalina, le corrigió la plana y dejó hasta ahí el incidente.

El caso es que se armó un escándalo como si por primera vez una autoridad hubiera subido coches al Zócalo, como si ningún gobierno hubiera trepado, patrullas, camiones y ambulancias, o como si la CNTE no lo hubiera secuestrado durante meses o como si la plaza nunca hubiera sido ocupada para ningún acto.

Bueno, sin duda, la liberalidad que ha caracterizado a la capital del país, y que se acentuó a partir de la llegada del Partido de la Revolución Democrática a la Jefatura de Gobierno con Cuauhtémoc Cárdenas, ha dado hasta para conciertos multitudinarios donde se consumen drogas recreativas sin mayores incidentes y en un admirable ambiente de civilidad.

El caso es que ese espacio público debe estar abierto a todos, y si el Zócalo fue ocupado durante unas horas sin mayores consecuencias, lo que uno se pregunta es dónde está el sacrilegio social, político y patrio de haber estacionado unos coches en su plaza; pero no solo eso, sino en qué abona al debate público de las agendas local y nacional ese tipo de griterío pretendidamente crítico y democrático.

nestor.ojeda@milenio.com