Vuelta prohibida

El júbilo artificial del PRI

La obtención de la mayoría en la Cámara de Diputados para el PRI y sus aliados del Partido Verde y Nueva Alianza fue festinada por el presidente Enrique Peña Nieto como un voto aprobatorio a la gestión de su gobierno; sin embargo, esa obligada percepción oficial está lejos de la realidad.

En estas elecciones intermedias la restaurada administración priista tuvo la fortuna de enfrentarse a una izquierda fraccionada y a un panismo en absoluto declive. El resultado de la votación para renovar las diputaciones federales le favoreció, pero eso no significa que todo vaya a ser miel sobre hojuelas rumbo a la elección presidencial de 2018.

En el horizonte no se ven personalidades dentro del priismo que puedan lograr motivar a los electores indecisos y de inclinación moderada como lo lograra el propio Peña Nieto en las presidenciales de 2012 frente a un escenario en el que ya están como adelantados Margarita Zavala por el Partido Acción Nacional, Andrés Manuel López Obrador por el Movimiento de Regeneración Nacional y Miguel Ángel Mancera, quien buscará junto con el PRD precisamente motivar a ese electorado del centro que no logra conciliar ni con el priismo ni con el panismo.

La tarea de la administración peñista se avizora muy difícil, pues en materia de seguridad la percepción general es de que, a pesar de los logros obtenidos en la primera mitad de este sexenio, las cosas aún no van bien; la sombra de la corrupción pesa sobre la administración federal, al igual que en los gobiernos estatales y municipales, y el bienestar social y económico que sigue siendo la gran asignatura pendiente que le cobrará la mitad de los mexicanos, aún sumida en la pobreza.

A la fecha no se ve que las reformas estructurales puedan dar frutos suficientes en el corto y mediano plazo como para que una significativa mejora económica se convirtiera en la palanca en la que se apoyaría el priismo y sus aliados para poder llamar a los electores a refrendar el voto a favor del ala tricolor. Por eso sería una apuesta riesgosa jugársela de nuevo a la división de las izquierdas y la confrontación interna que vive Acción Nacional.

La obligación de Peña Nieto y su equipo en la segunda mitad del sexenio será construir figuras públicas que puedan competir con las personalidades de Zavala, Mancera y López Obrador y echar a andar una estrategia que genere una percepción en la sociedad y los electores de un gobierno eficaz en sus capacidades para dar a los mexicanos mejor ingreso, empleo, seguridad y bienestar. A ver cómo le hace.

nestor.ojeda@milenio.com