Vuelta prohibida

La desgracia de la Ciudad de México

Como ocurre con todo chilango empedernido y capitalino orgulloso, cometo siempre el error de creer que la Ciudad de México es el ombligo del mundo y que sus problemas son comunes a todo el país. Una disculpa por ello.

Pero en esta ocasión creo que podría tener la suerte de hablar de un mal que prácticamente padecen todos los rincones de la República: la consultitis, expresión que podría definirse como fase superior de populismo.

Resulta que los mexicanos, tras 70 años del PRI en el gobierno ejerciendo —como diría Mario Vargas Llosa— la dictadura perfecta, arríbamos a la democracia con la llegada en 1997 de Cuauhtémoc Cárdenas a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal y la de Vicente Fox a la Presidencia en el año 2000, pero no quedamos satisfechos y entonces exigimos consultas a diestra y siniestra hasta para las cosas más simples y, obvio, pasando por las más complejas.

Un ejemplo es la instalación de parquímetros, medida que genera orden, recursos y empleos para las personas que antes de manera informal e ilegal hacían de la vía pública un espacio de disputa y excesos que afectan cotidianamente la convivencia urbana.

Los parquímetros son una necesidad en delegaciones como Cuauhtémoc, Coyoacán o Miguel Hidalgo, pero grupos de supuestos vecinos, en general identificados con sectores corporativos de algún partido, sea PRI, PAN o PRD, ante el anuncio de la instalación de parquímetros se desgañitan y salen a protestar exigiendo una consulta.

Es inaceptable que estos grupúsculos interesados detengan la puesta en marcha de medidas que den orden y desahogo a las prácticamente colapsadas calles de la Ciudad de México, sea en las pudientes colonias Polanco, Condesa, Coyoacán y Roma u otras.

Tanto el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, como los jefes delegacionalese deben poner un alto a estos supuestos vecinos y poner todos los parquímetros que hagan falta para que las calles de la Ciudad de México estén transitables y libres de los insufribles viene-viene. Y ya.

nestor.ojeda@milenio.com