Vuelta prohibida

Peña y el discurso fallido

Después de escuchar al Presidente sostener que la ciudad de Iguala "no puede quedar marcada" por la tragedia de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa se hacen evidentes los escandalosos niveles de aislamiento, miopía y ausencia de autocrítica de los encargados de los discursos en Los Pinos y obviamente de sus jefes, Peña Nieto incluido.

Los "trágicos acontecimientos" del 26 de septiembre de 2014, tal y como los aludió Enrique Peña Nieto en la conmemoración del Día de la Bandera atrincherado en el cuartel militar de Iguala, no solo marcaron a esa localidad, sino a todo México: la huella de los desaparecidos de Ayotzinapa esa madrugada puede llegar a ser —según especialistas y analistas de todos signos— tan relevante en la definición del futuro del país como las matanzas de estudiantes del 2 de octubre de 1968 y del Jueves de Corpus de 1971, el temblor de 1985 en la Ciudad de México o la controvertida elección de 1988.

Aunque el Presidente desee lo contrario, Iguala quedará marcada para siempre por esa tragedia y no será más recordada únicamente como el lugar donde se firmó el plan que hizo nacer al Ejército Trigarante y con ello dar paso al fin de la Guerra de Independencia; resulta que por la desaparición de los 43 normalistas cobran hoy Iguala y su historia reciente una relevancia mayor al abrir paso a un gran debate sobre el estado de cosas que se vive en México.

Ayotzinapa e Iguala son nombres que representan hoy ejemplos de un país donde policías y criminales se coluden y operan en una idea de impunidad tal que son capaces de cometer aberrantes violaciones a los derechos humanos y ante las cuales —por desgracia— la administración federal y los gobiernos estatales asumieron una actitud tan acrítica y refractaria que perdieron la oportunidad de aprender la lección, tal y como acusara recientemente Luis Raúl González Pérez, titular de la CNDH, al referirse a la repetición de este fenómeno criminal en Tierra Blanca, Veracruz, con su saldo de cinco jóvenes desaparecidos.

La noche de Iguala exhibió en forma brutal, una vez más, ante los ojos de los mexicanos y del mundo la corrupción, la complicidad y la impunidad que hacen posibles los niveles de crimen y violencia que se dan en algunas regiones de México, y es por eso (más allá de la agenda interesada de los grupos que usan la desaparición de los 43 como ariete político) una mancha en la vida pública que no se podrá borrar por más que así lo pretenda el fallido discurso presidencial.

Más que intentar convocar al olvido, desde Los Pinos debería comenzar a construirse un discurso propositivo, autocrítico e incluyente que permita ir reduciendo los niveles de polarización y confrontación que hoy marcan el debate público y que azuzan y aprovechan grupos sin convicción democrática que pretenden así encabezar a sectores sociales justamente indignados con tragedias como la de Iguala y los 43 de Ayotzinapa.


nestor.ojeda@milenio.com