Vuelta prohibida

Jacobo y el juicio inapelable

La muerte de Jacobo Zabludovsky no pudo y no puede dejar de ser un momento de balance, pero también de definición. Sin duda, no se pueden negar los méritos que como personaje acumuló durante su vida, aunque tampoco lo que su quehacer significó para el periodismo y la vida pública mexicanos.

Tras el fin de su ciclo como el conductor más poderoso e influyente de la televisión mexicana, Zabludovsky pudo y supo mantener un lugar como periodista en su noticiero De 1 a 3, en Radio Centro, y en su columna de El Universal, donde desplegó su oficio, talento, cultura y no pocas dosis de nostalgia.

Ello le permitió ser homenajeado por la Cámara de Diputados y dar su visón de ese México que le tocó vivir con escalas en su inacabable conocimiento sobre el Centro Histórico, los tangos y los innumerables personajes de la cultura, los espectáculos y la política mundiales con los que sostuvo diálogos memorables.

Sin duda, su visión y oficio se revelan en su mayor logro, que fue hacer nacer los noticiarios de televisión en nuestro país. Desde ahí dio su visión y la de las administraciones en turno del México que le tocó reportar: el de la represión a los médicos y estudiantes, el de la guerrilla y las 300 ejecuciones extrajudiciales de la guerra sucia en su contra, el de la brutal crisis económica, el del temblor de 1985 y la ruptura del sistema del partido casi único que dio paso a un nuevo país en el que Jacobo ya no podía ser el rostro y la voz de las noticias en televisión.

Zabludovsky fue sin duda un personaje, pero en el balance final, en el del juicio sobre su quehacer periodístico, su carisma, conocimiento, talento y oficio no son suficientes para exculparlo de su mayor yerro como profesional de la información: el incondicional sometimiento al poder que lo destierra de manera automática de la esencia y aliento que impulsan al periodista: exhibir las lacras del poder.

No bastan las formas, las florituras o los artificios en un recuento donde sus crónicas sobre esos tiempos son sin duda inmejorables, pero al final incompletas y parciales. Es ahí donde los homenajes no alcanzan a Jacobo, en el periodismo puro, simple y llano.

nestor.ojeda@milenio.com