Vuelta prohibida

Ética, la crisis de México

El origen profundo y real de la crisis en México es ético y moral. Ese el centro de la complicada situación social y política que vive el país tras los escándalos recientes de seguridad y corrupción que encarnan los casos de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, el de la casa blanca de la primera dama y la confrontación entre distintos grupos de interés que tiene como su arena a los medios de información y las redes sociales.

La alternancia democrática conseguida en el año 2000 no trajo una renovación de la vida pública; los usos y costumbres de la Presidencia autoritaria y su visión patrimonialista se trasladaron a los gobiernos del PAN y el PRD en todos sus niveles, cancelando el anhelo y necesidad de cambio que los mexicanos expresaron entonces con su voto para dar término a más 70 años de gobiernos del PRI.

Hoy, la clase política sin importar su origen, sea priista, panista, perredista o de cualquier otro partido, sigue desdeñando a los ciudadanos y administra el gobierno como si sus recursos fueran propios y no de la nación, pero además norman su actuar bajo la premisa de la impunidad, por lo que disponen de los bienes públicos de manera discrecional, igual que los delincuentes comunes que roban, violan y matan sabedores que es muy improbable que sean castigados.

Pero por desgracia, actores y grupos sociales que legítimamente demandan cambios y cuestionan las desviaciones y excesos de los hombres del poder también forman parte de esta crisis de valores, ya que no someten su discurso y su actuar a estándares éticos que los diferencien claramente de los políticos y funcionarios objeto de sus críticas y en no pocas ocasiones actúan bajo la premisa de que la bondad de su causa justifica el uso de cualquier medio.

Y esta circunstancia también alcanza a medios y periodistas que pierden de vista el objetivo de informar y de plano desdeñan los hechos en pos de una causa generando un daño social que se suma a los que dicen combatir.

Al final, la recurrente ruptura del orden institucional promovida desde el propio gobierno y la falta de proyecto y compromiso real de parte de los actores que se dicen promotores del cambio llevan a México a una espiral de polarización que parece no tener fin y por desgracia no se ve en el horizonte el nacimiento de liderazgos políticos o sociales que tengan en su agenda reencauzar al país para rescatarlo de ese terrorífico río revuelto en el que nadan a placer gobernantes y opositores.

nestor.ojeda@milenio.com