Criando Consciencia

Maternar en Tribu

Cuando me convertí en madre, tenía una idea fija: no quería ser como mi madre (lo que fuera que eso significara). Cuando me entregaron al mayor, ni siquiera sabía cómo cargarlo o alimentarlo. Tampoco sentí ese clic de inmensa alegría al sostenerlo en mis brazos, era consciente que le debía cuidados, pero estaba lejos de esa euforia que nos muestran en las películas y en las imágenes de colores brillantes de las revistas de maternidad. Fue después de los días, del cuidado, de olerlo y sentir como nos alimentábamos mutuamente que me di cuenta del inmenso amor que sentía.

Fueron tiempos difíciles, en soledad. Las pocas amigas que tenía se marcharon y  quedé sola.

Mi familia paterna estaba lejos, y la materna simplemente no era opción: la línea estaba rota, yo la rompí, de alguna forma.

Se me vinieron encima mil cosas, pero vi la luz gracias a una tía, que me recomendó los pañales de tela. Una cosa llevó a la otra y, de repente, conocí todo un submundo en el cual las mujeres se agrupaban para criar juntas, donde la sororidad y la empatía eran la norma. Esto fue para mí la respuesta que estaba buscando a la necesidad de criar distinto, de ser distinta, fue gracias a una tribu de madres que estábamos solas, que nos sentíamos extrañas, tristes, fuera de lugar, confundidas, que acepté la necesidad de una maternidad feminista y entendí por qué necesitábamos criar diferente, con apego y respeto a nuestros hijos.

Lo más difícil de ser madre fue usar los zapatos de la mía y entender que fui criada por adultos rotos, y ellos a su vez por otros, y así una larga historia de desapego, indiferencia y violencia generacional y, sin embargo, tan normalizado que era imperceptible. No se puede dar lo que no se recibe. Aquí entendí que los seres humanos amamos con todas las herramientas con las que contamos, pero no siempre son las que la fisiología humana necesita. Hemos desconectado del instinto y no notamos que la parte más importante del ser está en la capacidad humana de amar profundamente, instintivamente. Cuando comprendí que mis padres no me rompieron a propósito, tomé las piezas desperdigadas y las empecé a pegar.

Y es en este proceso en el que ahora me encuentro, con tres hijos para amar y una madre más completa para ofrecerles.

Hoy puedo darme cuenta que estoy menos sola, menos rota y más humana y fue gracias a la posibilidad de compartir este camino con una tribu de mamás en la misma situación, que me permitieron agruparlas y acompañarlas, quienes siempre están para sostener las crisis, respaldar las decisiones que nadie comprende, proteger a la otra y criar en conjunto a los hijos de todas.


ecopipolaguna@hotmail.com