El tocador. ¡Qué sucios!

¿Por qué no puedo ir en pijama a la escuela? ¿Por qué no puedo colorear fuera de los bordes? ¿Por qué? Me acechaban las preguntas día y noche, como a todos entre los 5 y 6 años, aunque las cuestiones cambiaban a conveniencia y según las circunstancias.

Recuerdo pocos momentos de la época de kínder, cuando uno se siente niño grande y no depende de los padres, sólo requiere de un lugar donde comer, dormir y obviamente jugar, lo demás no importa. En esos días Ale me escribió un recadito con garabatos, éramos lectores y escribanos precoces, nuestras letras parecían patas de araña, pero bastaba con que la maestra entendiera. "Nos vemos en el baño" decía la nota. El baño invariablemente es lugar de encuentro social, porque aunque uno vaya a la universidad, ir al baño no siempre significa ir al baño. Como lo marcaba el papel, me dirigí al sanitario minutos después de que Ale salió del salón. En el sitio estaban Oscar, Diego y Sandy, todos reían y cuchicheaban en el baño de mujeres. A mi llegada Ale dijo con voz solemne: "Te vamos a enseñar algo". Las niñas se levantaron la falda y los niños se bajaron el pantalón, casi al mismo tiempo volaron los calzones. Yo, no había tenido instrucción alguna sobre el lugar prohibido, mi familia no era religiosa, pero no solía hablarse del tema. Ante el desinhibido acto quedé paralizada, le siguió un "ahora muéstranos tú". Los miré por un rato y cuando escuchamos que alguien se aproximaba, todos se vistieron como si no hubiera mañana. A nadie comenté el encuentro, ni siquiera entendía el significado, las invitaciones continuaron y no sabía cómo responder; "anda, vamos al baño", me decían. Desde ese día para mí tiene sentido decirle "tocador" al sanitario.

Ahora, con algunos años más, he llegado a la conclusión de que el acto sexual es en todo momento social, casi nunca la intimidad se descubre sin orientación y sin miedo. Como en el <habitus> de Bourdieu, nuestros actos se traducen en lo aprehendido e interiorizado por condición social. Después de eso ni me lo pregunten, jamás volví a negar mi cuerpo, mis padres me hicieron a su moral pero nunca a la doble, para la sociedad ahí estuvo el error o el acierto. Descubrí el nombre de las sensaciones en las novelas que, sin importar género, estaban plagadas de erotismo y encuentros amorosos; jamás volví a la prohibición, ni la idea del pecado me atrajo. Los niños siempre se acercan al mundo de maneras distintas, así sucede con la sexualidad, no sé por qué nos obligan a asustarnos del placer inmerso en todo, la comida, el tacto, el sexo y hasta la vida. ¡Qué sucios!, siguen diciendo algunos.