Un cuento triste

“Esto me lo contó Eustaquio, un tipo bastante extraño: -Allá en mi lejana adolescencia yo jugaba el fútbol. Arquero, golero guardameta (…)-. A nadie le importó cuando encontraron su pieza desierta. La dueña dijo: -El de la 13 ha desaparecido-. Lástima que abandonó la Universidad y arrendó el cuarto en una pensión, como no se asomaba al corredor, llegaron a olvidarlo. Recuerdo que Martina y yo teníamos 8 años, cuando un día mi hermana desapareció. Estábamos enfadas me acuerdo muy bien, de golpe comprendí que me había equivocado; que mi hermana no se estaba escondiendo”.

Los cuentos inician con una simple palabra, luego se mezclan y dan formas a personajes y lugares. El génesis es posible, el papel es un mundo listo para diseñarse por el creador, desafía toda religión; da vida. Las historias acarician, conviven en un universo. Un personaje de Mario Benedetti puede contar la historia de un desaparecido de Alejandro Jodorowsky, al  tiempo que se convierte en mujer en la voz de Rosa Montero y narra su experiencia.

Para contar cualquier cosa, desde sencillas mentiras, hasta imaginería inverosímil se necesitan dos cosas.  Una historia, y  un público.

En 1988 el escritor Oscar Wilde publicó un libro de cuentos infantiles llamado “"El príncipe Feliz y otros cuentos”. Dio vida en uno de ellos a un gigante egoísta. “-No entiendo por qué la primavera  demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-.

Con aquel dominio del lenguaje su obra fue adaptada a la pantalla grande por la directora inglesa Clio Barnard. “El gigante Egoísta” (2013). La cinta supone el esfuerzo de transferir la intención de Wilde sobre el daño causado por el egoísmo. Pero ¿Cómo esperar que un niño juegue por los verdes campos en primavera, en lugar de convertirse en el gigante egoísta, cuando el sistema económico incrementa la imposibilidad de desarrollo en todo el mundo? Ni siquiera el viejo continente se salva. Esta increíble adaptación demuestra que los niños son el sector más vulnerable al que el capitalismo arranca sueños.  Swifty y Arbor son sólo chivos expiatorios del engranaje perverso, en donde ya no son el público de Wilde, sino los protagonistas de un cuento desolado que se desarrolla en Huddersfield.m