De cabronas a lectoras

Leer un libro, siempre evoca un momento de intimidad, nos aleja del entorno inmediato y nos obliga a conocer nuevos mundos y formular ideas menos simples.

La importancia de las letras en la educación femenina fue perfectamente representada por Stefan Bollmann, en su libro feminista: Las mujeres que leen son peligrosas. Mezcla textos con una colección de imágenes (pinturas y fotografías) de grandes pintores o importantes mujeres realizando la tarea más sensible y honorable del mundo, la lectura.

En la obra encontramos mujeres de todas las edades, desde la madre del pintor Rembrandt van Rijin, retratada con un libro gigante en su regazo, pese los efectos negativos que representaban retratar a ancianos, hasta la pequeña Katie Lewis, hija del célebre abogado George Lewis conocido por defender a artistas como Edward Burne-Jones y Oscar Wilde. Afortunadamente leer, no estuvo condicionada sólo a las mujeres de altas esferas, en 1623 Pierter Janssens Elinga retrató a su criada, sentada frente a la venta, absorta entre las líneas del libro que sostiene, prefiere esconderse en su placer, en lugar de realizar sus actividades correspondientes.

Por supuesto la época dicta el comportamiento de las sociedades y es fácil cuando una mujer goza del sugestivo derecho de leer, como sucede en el cuadro del pintor Jean-Honoré Fragonard, Joven leyendo, muestra a una mujer recargada cómodamente en una almohada mientras sostiene con elegancia un pequeño libro, como si se tratase de una taza de café. La última imagen, es la icónica fotografía de la sex simbol Marilyn Monroe leyendo el Ulises de James Joyce, donde queda claro que la belleza es más compleja que un simple adjetivo o juicio de valor.

Bollmann retoma el concepto alemán de empfindsam, el estilo sensitivo de la música, para transportarlo a la lectura, la cual en todo momento alberga emociones que son transmitidas, es fácil llorar con la muerte de un personaje importante en una novela, o contener la rabia ante un discurso, experimentar los sentimientos o querer cambiar las cosas, esa es la gran tarea de las palabras y los libros.

Después de superar el discurso clerical sobre las mujeres y su acceso al conocimiento, quedan secuelas de discursos absurdos que se anteponen a proyectos como el de Bollmann, como el de Sherry Argov y sus Hombres que aman a las cabronas, que centra esfuerzos en fabricar simples manuales de convivencia. M