Movimiento LGBTTTI

La primera vez que vi "El lugar sin límites" (1977) quedé maravillada, dirigida por Arturo Ripstein. Roberto Cobo interpreta a Manuela, un travesti que maneja un prostíbulo junto a su hija "La Japonesita".

"El lugar sin límites" es una adaptación de la novela homónima de José Donoso (1966).

"—¿Qué te están haciendo, Manuela?

—Este hombre me está molestando. Me está diciendo cosas...

—¿Qué cosas?

—Degenerado... y maricón...

—¿Y no eres?

—Maricón seré, pero degenerado no. Soy profesional. Nadie tiene derecho a venir a tratarme así. ¿Qué se tiene que venir a meter conmigo este ignorante? ¿Quién es él para venir a decirle cosas a una, ah?"

Pancho (Gonzalo Vega), un macho de pueblo, baila con Manuela en una emblemática escena. Manuela porta un vestido rojo moteado con un escote sugestivo y mueve el cuerpo eróticamente al compás de: La leyenda del beso, de Reveriano Soutullo y Juan Vert, interpretada por Los Churumbeles de España. Pancho cierra el encuentro amoroso con una frase y un beso: "Un buen hombre tiene que probar de todo, ¿no cree?". Minutos más tarde se arrepiente de sus palabras, asediado por su primo Octavio, un testigo que ayuda al joven macho a tomar venganza para limpiar su hombría.

El sábado 12 de agosto se reunieron, como cada año, integrantes de la comunidad LGBTTTI en el Hemiciclo a Juárez, en la ciudad de Toluca, con motivo de la décima Marcha del Orgullo LGBT. Las calles se llenaron de colores y diversidad. Me entusiasma la libertad que inunda el acto: lejos de la doble moral, la comunidad evidencia la necesidad del reconocimiento humano, sin la forzada dicotomía hombre-mujer.

Las reticencias aparecen aun en las mentes más abiertas, la fragilidad del pensamiento se traduce en palabras, como aquellos mensajes en cartulinas rosas que dictaban: "Yo amo a mis amigos gays".

Debo decir que sentí pena ante el vacío de las palabras que buscaban apoyar la causa, pero al mismo tiempo diferenciarse de "aquello inentendible para la naturaleza". El amor no es el problema, sino enfrentar exhaustivas pruebas físicas y psicológicas que incitan al sujeto a decirse Juan aunque desee llamarse Adriana. La violencia que acecha a cada paso, la discriminación para encontrar empleo, la violación de derechos y, por supuesto, el odio, producto del miedo, que puede desembocar en la muerte. Porque 37 años después de Manuela continúa la impunidad, la homofobia y la presión social sobre los roles. Ese es el problema.