Epístola sin nombre

Hallé un escritorio en la basura. ¿Quién puede deshacerse de un mueble en tan buen estado? Más por el significado implícito en el uso. Tirar un escritorio no es como perder los calcetines, olvidarlos en algún apartamento después de una noche loca, menos en una época tan complicada como la que vivimos.

Románticamente, tal vez estaba destinado para hacer conjunto con la mesa de la cocina atiborrada de libros, tickets de compras, chucherías y, con suerte, unas cuantas monedas. Qué destino tan desdichado decidió seguir, ser usado.

El hallazgo casi me obliga a escribir una tesis titulada “La negación de la creatividad a partir del desdibujamiento de los símbolos que establecen el conocimiento intelectual cultural en la época moderna: el caso del escritorio en la basura”. Sé que toma tiempo, así que mejor te escribí algo, dicta de este modo.

-Querida. Te escribo una carta, si se le puede llamar así. Las personas hacen libros enteros de ellas. Freud le escribió a su esposa Martha y a Carl Jung, Yoko a John, Neruda a Albertina y el Che, por supuesto, a sus hijos… ¿Escribirnos? Sí, escribirnos. Sé que vivimos en tiempos diferentes, pero propongo una celebración, un tributo a lo que fue y que ahora miramos distinto.

Virginia Woolf se refiere en su ensayo -“Una habitación propia”- a las complicaciones de las mujeres en la escritura y a la importancia de tener una habitación propia y dinero para escribir ficción, pero estaban casi relegadas a las cartas porque ahí no hay ni a quién molestar. Ahora bien, escribir cartas era toda una profesión en la ciudad de México, en Santo Domingo había quien buscaba en los escribanos el cauce del amor sentido, dispuesto a vaciarse en papel, obligado por el deseo y la negación de oportunidades.

Quiero que las cartas nos conecten con los demás, que no sean mensajes de texto, tan pocas palabras no alcanzan a expresar el malestar o la euforia provocada. Que las cartas no sean lo único que tengamos para decirnos y que tampoco nos maten de amor como a Angelina Beloff en el libro de Poniatowska (Querido Diego, te abraza Quiela), que sean esas palabras las que evoquen nueva fuerza, que escribamos, no en una habitación y no con dinero. Y que después de esas cartas, ya no como único recurso regalado por la historia, sea esto lo que motive algo más entre tú y yo para el mundo.