Columna invitada

El liberalismo vivo de Benito Juárez

Marzo, mes que termina, sin duda nos hace recordar con orgullo el natalicio de Benito Juárez, un personaje icónico de nuestro país que fijó un antes y después en la vida de nuestro México independiente, convertido en un referente ideológico, al plasmar estandartes de pensamiento nacionales con las leyes de reforma y el nacimiento de la Constitución de 1857, desafortunadamente pocos se percatan y le dan el valor de alcance y trascendencia de su legado para el México de nuestros días, una democracia liberal.

Erróneamente se han identificado las acciones realizadas con la laicidad, o la libertad de expresión, pero no dimensionamos su importancia en nuestra vida democrática, ya que es el concepto por el cual nos permite institucionalizar la razón para que prevalezca el principio de igualdad ante la ley, en donde el Estado nos da una equitativa consideración en la dignidad, todos contribuimos en el diálogo para construir las condiciones y oportunidades reales para realizar nuestro proyecto de vida.

Nos hemos acostumbrado tanto a que nuestra democracia se agota en las votaciones, y en las luchas del poder, que se ha mal dimensionado este enfoque procedimental y formal schumpeteriano sobre la aplicación de corrección de nuestra forma de gobierno, es decir, los principios democráticos que hacen posible el tener esperanza en un futuro mejor.

Detrás de cada voto se afirma que hay algo superior que Robert Alexy denomina la pretensión de corrección, porque implica la emisión de un valor hacia lo que la población considera que representa cada candidato, en donde implica a su vez una justificación interna, en aras que las demás personas lo acepten.

Nuestras leyes a su vez atraviesan por un proceso de diálogos y consensos en donde se intercalan diversos valores traducidos en intereses, en donde tienen la pretensión de ajustarse a principios como es el caso de la dignidad y el respeto a los derechos humanos. Es decir, el liberalismo que nos trajo Juárez implica hacer valer el conjunto de condiciones por el cual anteponemos a la persona como fin en sí misma sobre todo lo demás, para que cada quien pueda realizar su proyecto de vida.

A 212 años de su natalicio, debemos de ponderar si realmente hemos logrado consolidar y profundizar en esta forma de gobierno que se nos ha legado. Aunque sea en forma, podemos afirmar que esa ha sido la intención del pueblo Mexicano. Pese a una revolución a principios del siglo XX, el pensamiento juarista se renovó en la Constitución de 1917, que no es más que una reforma a la de 1857, y que tras la alternancia democrática sigue vigente.

El mayor problema de nuestra incipiente forma de gobierno, consiste precisamente en nuestra apatía generalizada; y los datos, lo corroboran. Parece que hemos adquirido una desesperanza aprendida que nos impide hacer valer la dimensión valorativa de nuestra democracia. La mayor parte de los estudios como es el caso de Latinobarómetro señalan que sólo el 18 por ciento de la población está satisfecha con la democracia[1].  Investigadores como es el caso de Robert Stefan Foa y Yascha Mounk, han mostrado inclusive que nuestra forma de gobierno está entrando en una forma de desconsolidación, en donde el 60% de la población prefiere una forma de gobierno fuerte, en donde se desconozcan las libertades básicas[2].

Este desinterés por nuestra democracia nos ha habituado a vivir entre falacias y sofismas en el ámbito público. Debemos retomar y reformular el liberalismo de Juárez, y procurar consolidar esta democracia que va en declive, procurando el imperio de la razón que nos permita hacer viable un mínimo vital y una gestión pública eficiente, porque si hemos de sucumbir ante la sinrazón, lo único que nos gobierna es la locura.

@MonicaAlmeidaLo

Coordinadora de la fracción del PRD en el Congreso del Estado