Le toca al presidente

Ese divorcio entre los intereses del Ejecutivo y las leyes que manaban del Legislativo, tuvo una perniciosa virtud: servir a los presidentes como escudo ante las críticas.

Enrique Peña Nieto tiene ante sí una situación francamente inusual en la época contemporánea de nuestro país. Más de dos décadas habían transcurrido sin que las relaciones entre los poderes Ejecutivo y Legislativo permitieran dar cauce a las reformas que, al parecer, la inmensa mayoría consideraba imprescindibles para transitar a un Estado moderno, pero que nadie acertaba a destrabar.

Se da por sentado (quizá más de lo que deberíamos ya que la democracia es un asunto demasiado frágil como para considerarse con garantías) que los tiempos en los que el Presidente de la República no sólo tenía la mayoría del Congreso, sino que éste bailaba al son que al mandatario se le antojara tocar, no volverán.

De esa época de autoritarismo nos movimos hacia una de permanentes cobros de factura en la que los principales partidos no estaban dispuestos a regalarle, al que estuviera en turno en el poder, la oportunidad de gobernar con leyes que le hicieran la vida más simple. Eso tuvo repercusiones importantes en la velocidad con la que nuestras instituciones se ajustaron al ritmo de los tiempos y, a decir de los especialistas, estuvimos perdiendo oportunidades significativas que hubiesen permitido al país avanzar por una ruta de mayor desarrollo y prosperidad.

Pero ese divorcio entre los intereses del Ejecutivo y las leyes que manaban del Legislativo, tuvo una perniciosa virtud: servir a los presidentes como escudo ante las críticas por su bajo desempeño. Quien acuñó el lema de campaña de la segunda legislatura del sexenio de Fox, lo sintetizó de forma contundente: “Quítale el freno al cambio”, nos decía el presidente albiazul para invitarnos a votar por los candidatos a diputados de su partido. Nada podría hacer si no lo mandataban, por fin, las consabidas reformas.

Más de una década transcurrió entre esa arenga y la promulgación, el lunes, de la reforma energética, considerada por muchos como una especie de joya de la corona en todo este proceso de dotar al país de competitividad. La hora del Presidente ha llegado. El momento de que por fin gobierne para construir un México que crezca a la velocidad que sus dimensiones y recursos lo permiten, empieza a correr desde este momento. Las enaguas de las reformas inalcanzadas no estarán ya allí para exculpar las magras cifras que apenas describen la situación de quebranto que vive la nación.

En su discurso el día de la promulgación de las leyes secundarias que vuelven operativos los cambios en la forma de operar de Pemex y la CFE, parece haber un atisbo de conciencia de esta situación. Parece leerse un “ahora me toca a mí” cuando instruye a su Gabinete para acometer con la mayor celeridad las primeras acciones en este nuevo escenario, como lo son las rondas cero y uno de los concursos para adjudicar contratos.

Si hubo que gastar capital político para hacer posible este acuerdo en cuyo marco se gestaron los cambios, es el momento de ganarlo de nuevo. Si no lo logra, Peña Nieto pasará a la historia como el Presidente que logró las reformas para nada. Pero, lo más importante, crecerá entre los mexicanos la sensación de que los cambios profundos y dolorosos no traen aparejadas consecuencias que hagan que haya valido la pena.

mhinojosa@udem.edu.mx