Como sigamos así, este país se va a ir a…

¡Al quinceaños de Rubí!, o por lo menos allí quisiéramos andar todos y todas. Permítanme abusar de que es viernes para elucubrar sobre los motivos que llevaron a que esta fiesta retumbara en todo el territorio nacional y más allá de sus fronteras. Y es que las celebraciones de quinceañeras son la fiesta mexicana por excelencia. Y no lo digo porque el nuestro sea quizás el país en el que esta tradición está más arraigada, sino porque en su ejecución coinciden algunos de nuestros rasgos culturales ancestrales inscritos ya al parecer a nuestra genética. 

El quinceaños es, ante todo, exceso. Desde el vestido de la festejada, pródigo en holanes y lentejuelas. Seguido por su tocado, no menos estrambótico, con el que se sella un peinado digno de María Antonieta. Y ¿por qué bailar con uno, si se puede hacer acompañar por una decena y media de chambelanes que –como si lo pudiéramos olvidar– nos recuerdan los años que celebra la homenajeada?

Pero este exceso no viene acompañado de su correlativo respaldo financiero, ¡qué va! El desarrollo de la fiesta con frecuencia implica endeudarse por años. Pero a veces ni siquiera eso basta. Por ello la cultura nacional ha creado una aproximación muy particular al padrinazgo. Sí, señoras y señores, los mexicanos deberíamos recibir regalías por haber inventado el crowdraising. En nuestro caso, la crowd o muchedumbre está compuesta por todo familiar, vecino, amigo, jefe o colega. Y el raising o lo recolectado lo constituye cualquier elemento financiable de la fiesta: pastel, banquete, música y hasta el infaltable cojín para que la puberta se arrodille en el reclinatorio de la iglesia.

Y ahora sí, listos para iniciar la pachanga. Qué más da lo que pase mañana. Porque, al final, el incierto mañana nada nos inspira. Es el hoy, con una chiva de 10 mil, el que merece nuestra atención.

Politóloga* 
miriamhd4@yahoo.com