El queso suizo como paradigma democrático

Hay que parafrasear a Churchill para describir lo que estamos viviendo: porque nunca tan pocos han decidido por tantos.  A la hora en la que esto escribo no hay aún resultados claros con respecto a las presidenciales estadunidenses. Sin embargo, salta a la vista que quien gane no lo hará con una cómoda mayoría. El porcentaje de votos obtenidos hará la radiografía no sólo de los Estados Unidos, sino del mundo occidental. Será una muestra más de la dicotomía que se ha apoderado de las grandes decisiones.

Que sea el proceso plebiscitario para dar validez a los acuerdos entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC, o el referéndum para dictar la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, al final no es sino una mitad de los votantes imponiéndoseles, por unos cuantos, poquísimos sufragios, a la otra mitad. Son esos residuales, posiblemente switchers de último momento, los que están forjando destinos.

Así, el futuro de la democracia depende cada vez en mayor medida de ser capaz de dar respuesta a uno de sus grandes retos contemporáneos: la integración de las minorías en el concierto de las mayorías.  Para ello, el proceso de definición de la agenda pública y, sobre todo, el planteamiento de las soluciones a los problemas que nos aquejan no debe de parecerse a un monolito, sino a un queso gruyere. Una masa firme, sí, pero multihoradada, permeable. 

Para ello la ingeniería institucional tendrá que trabajar en dos vías: estrenar mecanismos previstos en las leyes, pero a los que nunca había sido necesario apelar, y también proponer soluciones creativas que sirvan, no como válvulas de escape a la energía acumulada de los opositores, sino como verdaderos canales de diálogo entre quienes estuvieron a punto de perder y quienes estuvieron a punto de ganar. Porque sólo la humildad de los primeros podrá sortear la arrogancia bien ganada de los segundos. Nunca tan pocos decidieron por tantos.

miriamhd4@yahoo.com