Si los próceres fueran Dorian Gray

El verde del rostro juarista no sería más pálido si lo provocara su muina al ver que su natal Oaxaca sigue sumido en la pobreza y cómo el magisterio es un obstáculo.

Harta indignación suscitó entre historiadores, cronistas y demás destacados miembros del ámbito cultural nuevoleonés la errada rehabilitación que se le dio a la escultura de Benito Juárez ubicada en el municipio de San Nicolás de los Garza.

En un caso similar al de la devota aquella que en España se dio a la tarea de retocar, hasta dejar irreconocible, el rostro de un Cristo que desde una pintura antigua embellecía su parroquia, un infortunado —y poco capacitado— artista puso manos a la obra y coloreó, como si de un cuaderno infantil se tratara, la escultura de la autoría de Cuauhtémoc Zamudio, la cual, normalmente, tiene los tonos verdosos típicos del bronce con el que fue realizada.

Pero el improvisado restaurador llevó el clorofílico tono a un punto que hacía parecer a Juárez presa de una náusea que rebasaba lo sartreano. O, como muchos de los que alzaron su voz señalaron, un verde tipo Hulk.

Entiendo y comparto el malestar de quienes se sintieron ofendidos. Comprendo también por qué los medios de comunicación narraron con detalles esta “nota de color” —si ya no por otra cosa, por el deleite de lo literal que se volvió el concepto.

Sin embargo, la urticaria que el tema nos despierta, habla mucho de quiénes somos como sociedad y de dónde se ubican nuestros valores. Imaginemos, por un momento, que las estatuas erigidas en honor de nuestros héroes fueran como el retrato de Dorian Gray en la genial narración de Oscar Wilde. Pensemos en cómo sus adustos rostros, mirando hacia la eternidad, se transformarían conforme los logros tan difícilmente alcanzados en sus épicas batallas, viven las transformaciones que, de acuerdo a nuestros actuales gobernantes, exige la modernidad.

El verde del rostro juarista no sería más pálido si lo provocara su muina al ver que su natal Oaxaca sigue sumido en la pobreza y cómo el magisterio es un obstáculo en lugar de una palanca para la superación de los pequeños zapotecas e infantes en general. 

Imaginemos la crispación en las manos y el ladeado bigote que adquirían los bultos de Lázaro Cárdenas mientras se convirtieran en mudos testigos del rumbo que toma la reforma energética. El ceño fruncido completando el rictus de cólera cuando las primeras empresas extranjeras procedan a extraer el petróleo en las aguas profundas mexicanas.

Lo apacible del rostro de don Francisco I. Madero mudaría para dar paso a una mueca mitad enojo, mitad tristeza, al tiempo que con los puños resistiría los embates de cada nuevo escándalo del partido que lidera su sobrino que no sólo le heredó oficio y apellido, sino también una imagen que claramente cultiva para parecerse a quien seguramente encontraría incómoda su pétrea situación para echarse a llorar, que es de lo que realmente tendría ganas.

Bien sé que el valor artístico de estas obras que son parte de nuestro patrimonio merece la indignación al ser atacado por improvisados, aunque sean bien intencionados. Pero también creo que nuestra molestia debiera ser mayor ante la forma en que dilapidamos el patrimonio de quienes, en el mejor sentido del término, nos dieron patria. No adhiero a tesis inmovilistas, las leyes y las políticas públicas deben de ajustarse a su tiempo, pero me parece evidente que tachamos de un plumazo y sin discusión de por medio, logros que surgieron de largas luchas y cruentas batallas. Y eso me pone más verde que el Juárez de San Nicolás.

mhinojosa@udem.edu.mx