Esas princesas que ya no son bellas durmientes

De forma reciente en la pantalla, Frozen relata una historia de dos hermanas y subraya al amor fraterno como valor universal.

A veces, hasta las posiciones más vanguardistas caen en clichés. Hace poco vi un post de una joven, soltera y sin hijos activista social que despotricaba contra la muñeca Barbie por considerar que limitaba las opciones profesionales de las niñas vendiéndoles modelos que ubican a la figurilla en profesiones tradicionalmente consideradas como femeninas: pastelera, enfermera, modelo; tuve que, en honor a la verdad, sacarla de su error y aclarar que el juguete en cuestión, de un tiempo para acá, se encuentra en versiones que emulan todo tipo de quehaceres como piloto, veterinaria, dentista, etcétera. Y que si algo hay que reprochar en la carga de discriminación que incluye el juguete, tiene más que ver con los inalcanzables atributos físicos que luce independientemente de que se le vista como médico o que en su versión Malibú porte traje de baño. 

Y lo mismo va para las famosas princesas Disney. En este agrupamiento de protagonistas que rebasa a cualquier película de Woody Allen, la empresa del Mickey Mouse pone bajo la misma nomenclatura caracteres femeninos muy dispares que avanzan en la independencia del género opuesto y en la toma de las riendas de su vida conforme al año en el que fueron concebidas. Así, las eternamente jóvenes (pero ya con lustros de historia) Blancanieves, Cenicienta o Aurora, continúan su anhelante espera del príncipe que habrá de extraerlas del sueño eterno o de la pesadilla que viven en las garras de su madrastra. Mientras que las más actuales como Jazmín, Ariel o Valiente se acercan cada vez más al arquetipo de héroe de acción.

La más reciente salida a las pantallas por parte de la empresa va más allá: Frozen relata una historia de dos hermanas y subraya al amor fraterno como valor universal. Sin embargo, tiene la importante innovación de dibujar un engañoso personaje masculino que adquiere, a lo largo del filme todos los visos del príncipe encantador para, hacia el final, revelarse como un pusilánime, interesado e indigno de confianza. Se ríe, de paso, de la inocencia o ignorancia de una de las protagonistas que está a punto de apegarse al más terrible de los clichés al estar dispuesta a casarse con él ipso facto, lo que no ocurre gracias a que un evento desafortunado se interpuso entre ellos.

El tema musical de la película, que se hizo acreedor al Oscar, es elocuente en afirmar esta postura desplegada por la casa productora: “Libre soy”, canta la hermana mayor mientras por fin, alejada de todo el mundo, puede vivir conforme a su naturaleza –la cual, además, nueva osadía de los estudios Disney, navega ambivalentemente entre la bondad y la maldad.

Nos es dable pensar que los creadores iban sobre seguro en esta inversión millonaria, pero no creo que hayan previsto un éxito tan rotundo. Con todas las mercancías alusivas agotadas, salas llenas, listas de espera para adquirir el sound track podemos afirmar que el mensaje caló en lo más hondo de los sentimientos de los grandes e inspiró a los más pequeños que, sin importar el género, se volcaron a aplaudir esta propuesta.

Sí, la saga de las princesas es criticable. Sí, desde Cenicienta hasta la Elsa de Frozen lucen como Barbie: figuras perfectas y atuendos dignos del mejor diseñador. Pero es innegable que se ha avanzado en modelos que promueven el empoderamiento femenino, y eso ya nos pone en el camino adecuado, aunque lo políticamente correcto en el mundo del activismo sea decir lo contrario.

mhinojosa@udem.edu.mx