Dos 33 que nos ponen a pensar

La obesidad y el sobrepeso que nos han llevado a ocupar los primeros lugares internacionales en este rubro están vinculados con esta vocación al disfrute de lo inmediato.

Cuando nos tratan de pueblo cohetero la metáfora va mucho más allá que la extraña devoción que profesamos a los fuegos artificiales y, de manera muy especial, a sus versiones más ruidosas que estéticas. El símil tiene que ver con este castigo autoinflingido de jugarnos el todo por el todo en un momento de euforia cuyas consecuencias padeceremos a lo largo de mucho tiempo. Desde la simple noche de copas que nos cobra factura a través de una cruda de antología para la que hemos generado remedios tan variados como exóticos e ineficaces, hasta el antropológicamente estudiado festejo de XV años en el que los ahorros familiares pueden tranquilamente irse por la coladera de un maquillaje estilo geisha y un vestido remedo de merengue.

La obesidad y el sobrepeso crónicos que nos han llevado a ocupar los primeros lugares internacionales en este rubro están íntimamente vinculados con esta vocación al disfrute de lo inmediato. La huella que han dejado en nuestra anatomía las recién terminadas festividades decembrinas son evidencia irrefutable de esta situación. Como si los romeritos fueran irrepetibles y el gravy verdaderamente le quedara como de alumna del Cordon Blue a la tía Eduviges nos lanzamos sobre el plato con la misa efusión con la que hoy pululamos por los pasillos que en el supermercado atinadamente colocan en los espacios más visibles intragables jugos de nopal y videos de pilates.

Pero esta moneda tiene, como todas, un reverso, el de los millones de niños que en nuestro país padecen de desnutrición reflejada en talla o peso bajos para su edad y graves consecuencias en su desarrollo psicomotor. Si en el área urbana su récord alcanza el 13 por ciento de la población infantil, en el área rural la cifra prácticamente se triplica, alcanzando al primero de los números 33 a los que me pienso referir en este espacio.

La culposa actitud de nuestros padres cuando nos miraban molestos al dejar restos de comida en el plato y recordarnos que el mundo estaba plagado de niños que desearían tener acceso a ella, ha sido cambiada por una postura pragmática, indolente e igualmente ineficaz hacia nuestros críos: no los forzamos a comer nada y accedemos a todos sus gustos y antojos alimentarios.

Así, los estratos económicamente más favorecidos de México se suman a los países norteamericanos y europeos alcanzando el otro 33 que da título a esta colaboración: el porcentaje de alimentos que en la cadena que va del productor al consumidor final se desperdicia sumando —de acuerdo a cifras de la FAO y del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente— una cantidad de comida que bastaría para revertir la desnutrición de los 870 millones de seres humanos que en el mundo padecen este problema.

El desafío es abandonar la inmediatez y plantearnos un objetivo para un mejor futuro. El reto es construir, a nivel nacional e internacional, un sistema alimentario que sea sostenible en su producción, en su distribución y en su consumo, de tal manera que nos acerque más a una situación de justo acceso a los bienes y recursos para que ningún ser humano esté en una condición de pobreza alimentaria y, por lo tanto, de total indefensión.

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx