El "pegamento" que une a los países

La unión  Europea arriba a la segunda década del nuevo milenio desprovista de los medios financieros que mantengan su "sex appeal" como instancia federativa.

Mientras los más destacados físicos del mundo se esmeran en retroceder en el tiempo alrededor de 13 mil millones de años para recrear el primer segundo posterior al big bang (de cuya existencia se tienen cada día más evidencias), en el mundo de la política parecen contentarse con retroceder entre 20 años y 40 años, a veces en 1994, a veces en 1974. A eso huele lo que actualmente se cocina en la escena internacional: a la Guerra Fría y su posguerra.

Aquel emblemático reloj nuclear que se aceleraba o bajaba el ritmo según lo cerca o lejos que se estuviera de la omnipresente amenaza atómica, ha salido del baúl de los recuerdos, aunque nadie quiera voltear a verlo. Aunque nadie quiera hablar del tema de las ojivas involucradas en las tensiones entre Rusia y Ucrania.

Se retoma la idea de una Federación rusa aislada, como si no hubiéramos vivido las décadas terribles en las que el oso rugía acercándose feroz desde el Este. Pero al mismo tiempo –como en las películas en las que los dinosaurios conviven con los humanos desatando las terribles consecuencias de la coincidencia entre dos especies que no nacieron para conocerse– resurgen planteamientos en torno a la autodeterminación de los pueblos y la viabilidad de que un referéndum no los mude de territorio sino de país. ¿Qué debe pesar más: la integridad territorial o el libre derecho a decidir sobre su futuro?

Todo esto inmerso en el más peligroso de los caldos de cultivo de males que es la realpolitik, la preeminencia de los intereses de los Estados por encima de las normas del derecho internacional que no se invoca más que cuando se cita alguna cláusula que en retorcida argumentación favorece la postura de alguna de las partes.

¿De dónde surgen todas estas estampas de un viejo calendario? La respuesta se ubica en el evento que dio elasticidad a las posturas al momento de las primeras reivindicaciones de autodeterminación en los años 90: la Unión Europea. La construcción de Schumann, el objeto político entonces no identificado de Delors, se volvió una especie de capelo que abrigaba aún aquello que se desmembraba en su interior. Poco importaba si Yugoslavia se partía en dos, en tres o en cuatro estados; todos terminarían por tocar a la puerta de El Dorado que se abría ante sus ojos. Todos se volcarían hacia la posibilidad de sumarse a una nueva entidad que cantaba el “Himno a la alegría” en lugar de consignas bélicas musicalizadas.

Así, los Estados-Nación vivieron una dura época en la que sufrieron de la inanición de facultades. Lo que no les quitaba desde arriba el órgano supranacional, se los exigían desde abajo las regiones. Así, mientras el pegamento que unía las piezas que conformaban los países se disolvía, una nueva y poderosa goma los mantenía juntos en una instancia mayor.

Hoy es esa goma la que ha perdido sus capacidades aglutinantes. La Unión Europea arriba a la segunda década del nuevo milenio desprovista de los medios financieros que mantengan su sex appeal como instancia federativa. Los pequeños en busca de protección ya no correrán hacia ella, sino que buscarán nuevas figuras paternalistas hoy encarnadas no sólo por Rusia, sino por el propio Putin.

Asistimos a una triste derivación de lo que antes fuera una opción política a geometría variable que permitía acceder a un variado menú de opciones integradoras, que hoy se transforma en un censor político capaz de condenar las reivindicaciones que antes lo nutrieron y lo legitimaron como instancia de libertad.

mhinojosa@udem.edu.mx