La paz se encarece

Da lo mismo si se trata de países que de personas, el órgano más sensible es siempre la cartera. Por eso el tema del gasto público y su traducción en los niveles de bienestar de la población es un asunto crucial para el análisis de políticas públicas. Abril es el mes de las declaraciones anuales de las personas físicas y cobra (nunca mejor utilizado el término) especial sentido cualquier estudio que nos hable de la corrupción —es decir, de cómo nuestros impuestos terminan, en lugar de en las arcas públicas en los bolsillos de los funcionarios— y de la eficiencia del gasto gubernamental —entendiendo por esto qué tanto lo que eroga el gobierno redunda en un beneficio para los ciudadanos—.

Es por ello que éste es un momento particularmente propicio para la presentación del índice de paz en México elaborado por el Instituto para la Economía y la Paz. La seguridad es la obligación primaria de un Estado, para eso fueron creados. Si bien deploro la connotación que tiene la clasificación que hace de la paz el IEP, ya que habla de paz positiva y negativa, cuando en realidad a lo que se refiere es a los factores que permiten el desarrollo de la paz, versus los indicadores de seguridad, es muy importante rescatar este modelo de pinza. Tenemos que apretar por dos vías: abatir la violencia, pero también construir la esperanza. Y, de acuerdo a las declaraciones de los representantes de este think tank, en lo segundo México es altamente competitivo. No lo ha resultado, sin embargo, en lo que a desactivar la violencia se refiere, este año se percibe un estancamiento al mejorar sólo un 0.3% nuestros indicadores, a pesar de que el gasto público en la promoción de la seguridad ha ido sin cesar en aumento, pero la ausencia de paz, este año, nos costó el equivalente al 13% del PIB. Nuestra inversión ha sido poco redituable.

Corrupción e ineficiencia en el sector público, sumados al miedo en las calles son el coctel perfecto para la evasión y la elusión fiscales.


Politóloga*  
miriamhd4@yahoo.com