¿De quién es la "party"?

Esta forma de violencia está en todas nuestras interacciones sociales (“a las mujeres nadie las entiende”), y la invitamos a nuestra casa (“pórtate como hombrecito...)

De nalgas. Sí, de nalgas tenía que estar la edecán en cuyo vestido estaba estampado el código QR con el que una de las empresas feriantes en el Campus Party celebrado la semana pasada en Zapopan, Jalisco, buscaba promoverse entre los asistentes.  El atuendo, el objetivo y, sobre todo, esta forma de anuncio ambulante con la que se cosificaba a la chica generaron revuelo en las redes sociales. Es cierto, la mujer en cuestión aparenta –al menos- ser mayor de edad, y tiene una actitud que, al parecer, no denota el verse forzada a mostrarse de esta manera. Estaríamos, normalmente, ante un acto de ejercicio pleno de su libertad para contratarse en el carácter que mejor le parezca y realizar las funciones que le fueron planteadas. El asunto es que, al ejercer de esta manera sus derechos, la joven que se paseaba en el blanco minivestido durante la exposición, estaba lesionando a terceros. Al optar los mercadotecnistas por estas primitivas, en el más estricto sentido del término, metodologías, se abre más la puerta a la presentación del género femenino como un simple objeto adherido al cual todo luce mejor: que sea una cerveza, un celular o hasta herramientas de carpintería, nada escapa a esta especie de selfie con la nalga omnipresente. Y en el caso de ese evento, todo ello bajo la aprobación tácita de las entidades públicas vinculadas con los promotores: INFOTEC  y CONACYT, entre otras.

Si alguien pensaba que lo del vestido con código era mera puntada y que la ofensa no era sino fruto del delirio de las sufragistas del siglo XXI, lo que ocurría en las conferencias no hizo sino subrayar la filosofía misógina que campeaba en el evento.  “Para hackear al sexo femenino”, fue la ponencia de un individuo de nombre Eduardo Zepeda en cuyas láminas de Power Point se podían leer, junto al logotipo del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología,  “piropos nacos” sugeridos; todos, por supuesto con abiertas y vulgares alusiones al trasero de la prospecta a hackear e invitaciones a acosarla, asediarla y – sigo perpleja- castrarla. Acción, esta última, que no puedo sino entender como la búsqueda de dejarla sin el más mínimo atisbo de lo que estos (y todos) los machistas interpretan como virilidad y, que la gente normal llamamos libre albedrío. Pero claro, eso para ellos es tener muchos…tamaños.  Incompatibles, por supuesto, con los suyos.  Porque en su idea de convivencia entre ambos géneros, solo es posible la imposición de uno sobre el otro. 

Esta forma de violencia está presente en todas nuestras interacciones sociales (“a las mujeres nadie las entiende”), y la invitamos a nuestra casa (“pórtate como hombrecito, si te vas a poner a llorar te voy a comprar un vestido como el de tu hermanita”), y la sentamos a nuestra mesa (“las mujeres no se sientan hasta que hayan acabado los señores”), y la celebramos en nuestras fiestas (“son puras pinches viejas”). Y luego la chispa se enciende y explota. Se termina siempre con la búsqueda violenta de comprobar sus sospechas de que todas las mujeres son prostitutas: las golpean para que lo confiesen, o las violan para asegurarse de que lo disfrutan tanto como ellos.

El grito de “puto” al arquero contrario, no es sino la versión soterrada de los ex diputados violadores que purgarán ocho años de prisión en Brasil por creerse aquello de que por ser hombres todo les está permitido.

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx