La partícula H de la democracia

La Hipótesis con la que con gusto entraré al debate en cuanto veamos los resultados de estos cambios: la partícula H de la democracia mexicana es la participación de los jóvenes.

Por años, la física, quizá la más dura de las ciencias, transitó en algo que pocas veces nos permitimos desde las ciencias sociales, que es la intuición. El científico Higgs intuyó la existencia de una partícula que vendría a dar razón y sentido a la existencia de todo lo demás que hasta ese momento había sido descubierto, de allí que se le conociera como “la partícula de Dios”.

El asunto es que el críptico eslabón tras de cuya huella estaban todos los adherentes a lo que se denominó la Teoría del Big Bang (o Gran Explosión) sólo era verificable por la vía de un herramental hasta entonces inexistente: el Acelerador de Hadrones (y tomo el extremo reductivismo como una licencia para que alguien proveniente de la ciencia política intente explicar complejidades de la física), consistente en un inmenso túnel ubicado en la frontera entre Suiza y Francia en el que las partículas transitarían en sentidos opuestos y a tal velocidad que generarían un ambiente similar al que dio origen al Universo.

Para poder llegar a versiones concluyentes, dos equipos trabajaron por separado y con caminos diversos, por lo que algunas de las fotografías más conmovedoras de nuestra era retratan sus rostros emocionados al compartir sus resultados y darse cuenta de que coincidían y que, por lo tanto, le estaban regalando al mundo una respuesta fehaciente a la pregunta de ¿Cómo surgió el Universo?

Esta larguísima digresión me sirve como plataforma para sostener que este empecinamiento que desde la segunda mitad de los años setenta mantenemos los mexicanos en la realización de reformas electorales es equivalente a una búsqueda de una suerte de partícula H que, al no lograr identificar, comienza a generarnos tal insatisfacción que, como si fuéramos científicos frustrados, nos preguntamos si no habremos adherido a una teoría plausible mas no cierta acerca del camino que estábamos tomando y nos pone en riesgo de una vuelta al autoritarismo.

Porque, ¿quién puede negar que de la reforma de 1976 a la fecha hemos dado pasos enormes en dirección de una democracia cada vez más calibrada y que, de tanto buscar la equidad, ha caído incluso en la sobrerregulación?

Y, sin embargo, nos despertamos y el dinosaurio sigue allí: los cauces institucionales siguen sin ser suficientes para expresar las demandas sociales; el acceso a la información no basta para construir una agenda de consensos; la impunidad continúa como el gran mal que transforma servidores públicos en corruptos. En síntesis, seguimos siendo el mismo caldo de cultivo perfecto para la desconfianza que todo lo carcome.

Sin embargo, me atrevo a apostar por la fe en la reforma que estamos probando por vez primera en este proceso electoral. Es el acelerador de hadrones que está haciendo aparecer a las figuras que antes sólo intuíamos: paridad de género, candidatos independientes, coaliciones con emblemas separados en las boletas y, muy especialmente, reelección. Resta ahora ver cómo interactúan estos elementos entre ellos y con el entorno para tener una idea mucho más clara de hacia dónde se dirige nuestra democracia y, sobre todo, ver si al fin podemos identificar la partícula H que unirá y dará sentido a todo. Pongo sobre la mesa la hipótesis con la que con gusto entraré al debate en cuanto veamos los resultados de estos cambios: la partícula H de la democracia mexicana es la participación de los jóvenes. Sin ella, nuestra democracia desfallece y desde un rincón nos acecha el autoritarismo.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com