En la panza de un tiburón

México vivía un régimen de terror que tenía por costumbre desaparecer a sus opositores arrojándolos a los tiburones de la bella costa guerrerense.

Si no me fallan las cuentas, y dado que la Navidad de este año cumpliría 57, debió tener 14 años cuando Idi Amin y su tiranía se hicieron con el poder a través de un golpe de Estado en su natal Uganda. Quién sabe si para esas fechas ya había definido su vocación. Quién sabe si las violaciones a los Derechos Humanos que se volvieron constantes en su país y que le costaron la vida a cientos de miles de sus compatriotas tuvieron algo que ver con su destino. El caso es que John decidió hacerse sacerdote en el marco de la orden de los Misioneros Combonianos que tanto trabajo de evangelización realizan en el continente africano.

En ese ir y venir propio de quienes abrazan un oficio de este tipo, al padre John lo mandaron en 2010 a México; concretamente al pobre, pobrísimo, estado de Guerrero, en donde realizaba su labor religiosa atendiendo a las comunidades mixtecas. Fue asignado primero a la región de la sierra en Tlacotepec y más tarde a la iglesia de Nejapa en Chilapa.

Ya se le había informado que, al parecer gracias al buen trabajo que realizaba, se le otorgaría la denominada “incardinación” para la diócesis de Chilpancingo-Chilapa, por lo que podría, de cierta forma, echar raíces ya dedicado a una geografía más delimitada, en lugar de peregrinar por buena parte de Guerrero.

Sin embargo, una desventurada solicitud lo alcanzó antes de que esta “estandarización” de su adscripción se diera: una pareja le solicitó que su hijo fuera bautizado. Las versiones no coinciden, algunas dicen que los padres del niño –dedicados al narcotráfico– vivían en unión libre; otras versiones indican que eran los futuros padrinos los que no contaban con un vínculo matrimonial. Al final, el caso es el mismo, uno de esos elementos, al parecer, llevó al padre John a negarse a realizar el rito sacramental, según lo que narran testigos mixtecos. También indican que vieron cómo el ugandés fue secuestrado por dos hombres armados que lo interceptaron cuando volvía de celebrar una misa en la comunidad de Santa Cruz.

Desde tiempo antes los fieles, preocupados porque no reaparecía se reunían en la iglesia a orar por su pronta aparición, no fue sino hasta el 30 de abril pasado cuando una mujer que se identificó como ahijada del misionero, acudió a la Procuraduría a presentar una denuncia.

Como tantos otros desaparecidos, aun con denuncia de por medio, el padre John no había sido localizado. Sin embargo, como tantas veces ocurre con aquello que conscientemente buscamos ignorar, pero que nuestro inconsciente se aferra a devolvernos, las autoridades dieron con sus restos de manera fortuita en una fosa clandestina que fue puesta a la luz pública en el proceso de búsqueda de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos en el caótico estado en el que el africano prestaba sus servicios religiosos.

La piel extraordinariamente oscura de uno de los 13 cuerpos que se encontraron a finales de octubre pasado fue el principal indicio de que se trataba del presbítero. Las impresiones de su dentadura que había realizado una dentista a la que consultó fueron la prueba irrefutable de que en ese hoyo habían terminado su secuestro que, por supuesto, permanece impune.

En la época en la que John tenía 14 años y gobernaba Uganda un tirano, México vivía también un régimen de terror que tenía por costumbre desaparecer a sus opositores arrojándolos a los tiburones de la bella costa guerrerense. Hoy pareciera que el suelo entero de ese estado es la panza de un tiburón en la que se puede encontrar de todo, hasta a un sacerdote ugandés.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com