Se necesitan mandilones

En nuestro país, por lo menos un doce por ciento de mujeres declara dedicarse exclusivamente a las faenas del hogar.

Hogar, dulce hogar” reza al menos una pieza de parafernalia kitch en cada casa. Cuidamos bien tener presente que el techo en el que refugiamos nuestra intimidad constituye el más apetecible de los espacios.

Cocooning se llamaba esa tendencia que hacia finales de los noventa se perfiló como el estado de gracia al que aspiraban solteros y casados y que consistía en crear una red de servicios en el hogar y entregas a domicilio que permitiera espaciar cada vez más las salidas a ese mundo hostil que se desplegaba ante nosotros apenas abríamos la puerta de nuestro domicilio. Ello trajo consigo el desarrollo de una importante industria dedicada a satisfacer un sinfín de necesidades sin que nos despegáramos del más confortable de nuestros sofás desde el cual podíamos repoblar la despensa, comprar un regalo de bodas o atender un curso de yoga.

Paradójicamente, ese paraíso terrenal que nos negamos a abandonar durante nuestros días de descanso, al que aspiramos volver nuestro centro de trabajo a través de alguna opción de empleo a distancia, es el mismo que constituye el infierno cuando se transforma, no en espacio de trabajo, sino en objeto del mismo.

“El trabajo en casa envejece, empobrece y no agradece” dicen mis tías cuando alguien anuncia que se dedicará a cuidar de la casa. Trabajar en —no desde— el hogar implica fregar pisos, lavar trastes, tender camas, cocinar, cuidar de los niños, los enfermos, los ancianos. Es decir, pagar, por un grupo de personas, la cuota que implica contar con un espacio limpio, ordenado y habitado por seres satisfechos en todas sus necesidades. Eso significa que el trabajo doméstico es el que hace posible que todos los demás trabajos puedan darse y, dirían los expertos en estos temas, con un mejor nivel de productividad al no tener el empleado que dedicar parte de su tiempo y neuronas a preocuparse por ir al supermercado o llamar al plomero.

El trabajo en el hogar es también el foco de las tensiones conyugales. Y no es casual. Este abrigo a la intimidad es también el espacio por excelencia para el despliegue de nuestro yo verdadero, ese que vive plenamente sus atavismos; en el que un marido puede sentirse y decirse decepcionado porque la esposa compra tortillas ya hechas en lugar de confeccionarlas ella misma, o una madre puede vociferar en el sentido de que ella no es más que una sirvienta para los miembros de su familia. Las caricaturescas metáforas con las que los industriales de detergentes y similares nos retratan lo que puede ser la vida de un ama de casa gracias a las bondades del enjuague líquido que permite no planchar, o el detergente que saca manchas sin tallar retratan bien la barrera que representa el trabajo doméstico para la plena integración de quien lo realiza a tareas más redituables en términos financieros, de satisfacción personal y de reconocimiento social.

En nuestro país, por lo menos un doce por ciento de mujeres declara dedicarse exclusivamente a las faenas del hogar, mientras que, en el caso de los hombres, esta cifra alcanza apenas el punto siete por ciento. La desproporción se subraya, por supuesto, si tratándose del género femenino sumamos a quienes tienen sobre sí y en exclusiva la carga doméstica a las que la padecen como su segunda jornada, mientras el resto de la familia regresa a casa a descansar de sus labores.

Sin embargo, el menosprecio hacia el trabajo doméstico ha permeado a tal punto, que lo subestimamos incluso como variable explicativa de la discriminación que las mujeres viven en nuestro país. La casa, tan anhelada para algunos, es un elemento comprensiblemente repulsivo para quienes, en vez de ser su refugio, constituye el grillete que les impide acceder a toda forma de realización.

miriamhd4@yahoo.com